En estos tiempos en que novicios ‘periodistas’ se ufanan de no haber abierto nunca un libro, odiar la lectura y sentir desprecio hacia la historia, en defensa del pasado deportivo de Guayaquil es necesario que quienes tenemos muchos años en el oficio y hemos dedicado casi una vida a la investigación dejemos constancia del valor que tuvo nuestro deporte, para contrarrestar el efecto tóxico que entre la juventud puede ejercer tal prédica negativa.
En 1935, el fútbol guayaquileño había alcanzado un aceptable nivel técnico gracias a la llegada de entrenadores extranjeros, como los ingleses Herbert Dainty y William J. Tear y el paraguayo Santiago Berino, a lo que puede agregarse la visita de equipos notables como Colo Colo y Audax Italiano, de Chile, y las giras al extranjero de equipos como el Panamá, de exitoso paso por Colombia.
A finales de octubre de 1936 arribaron a Guayaquil dos cuadros colombianos, Gregg (más tarde Deportivo Cali) y Deportivo Antioquia, los que sostuvieron varios duelos con rivales de esta ciudad y Milagro.
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El Gregg se quedó impresionado de la calidad de dos jugadores porteños: Alfonso Suárez y Ernesto Cevallos. Ambos fueron tentados para incorporarse al club como refuerzos para una gira por varios países de América. Aceptaron y, muy jóvenes, se convirtieron en los primeros futbolistas guayaquileños exportados.
Hace muchos años, en una tenida en La Palma, el tradicional café porteño, en la que estuvo también el inolvidable Pepito Salcedo Morán, Alfonso Suárez nos contó que en el vestuario el presidente de Independiente Rivadavia, de Argentina, que estaba jugando en Colombia, se acercó a él y a Cevallos y les propuso integrar el equipo que iba a presentarse en Centroamérica, el Caribe y México.
Suárez está considerado como uno de los mejores futbolistas ecuatorianos de la historia. Un mago de la creatividad. Ernesto Cevallos era pequeñín, pero pleno de habilidad y picardía. Era half —volante, en el lenguaje futbolero moderno— o alero derecho.
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En 1933, alineado como half derecho, Cevallos fue la gran figura en el épico partido en el que Panamá, después de ir perdiendo por 2-0 con el invicto Audax Italiano, campeón de Chile, venció por 6-3, alcanzando una victoria que quedó en el recuerdo de quienes estuvieron aquella mañana en el viejo estadio Guayaquil.
En 1939 nuestra selección participó por primera vez en un Campeonato Sudamericano de Fútbol, llamado hoy Copa América. Suárez y Marino Alcívar —autor de los dos primeros goles ecuatorianos, marcados a Perú en el debut— asombraron a los dirigentes del club cubano Hispanoamérica.
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Néstor Azúa, español que veía el torneo, se quedó prendado de los dos delanteros guayaquileños y les propuso a ambos ir al recién ascendido Hispanoamérica, de La Habana.
Cuba había elevado la calidad de su certamen con el fichaje de grandes futbolistas españoles que habían huido de la Guerra Civil, tanto que la selección cubana jugó el Mundial 1938.
Los dos ecuatorianos contribuyeron a que su club, recién ascendido, obtuviera el título de Cuba. A la hora de las premiaciones, Suárez ganó el Balón de Oro como el mejor jugador del torneo y Alcívar se hizo acreedor al Botín de Oro como goleador.
La fama de Alfonso Suárez había alcanzado una gran dimensión. En 1940, Independiente (más tarde Millonarios) iba a jugar con el primer equipo argentino que visitaba Colombia: Atlanta, de Buenos Aires.
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En el equipo local militaba ya Eloy Ronquillo, defensa porteño de gran talla y muy hábil con el balón, cuyo fichaje fue pedido por un experto como jugador en su tiempo y como entrenador luego: Fernando Paternoster.
Los dirigentes pidieron a Ronquillo que contactara a Suárez para que los reforzara. Este aceptó, pero, por problemas de las comunicaciones, se demoró 20 días en llegar a Bogotá. Entrenó cuatro días con sus compañeros a las órdenes de Paternoster.
Los grandes recursos de que disponía el club colombiano le permitieron contratar al técnico argentino y a los jugadores gauchos Alfredo Cuezzo, Óscar Sabransky, Vicente Lucífero, Antonio Ruiz Díaz y Luis Timón, lo que hizo que les adjudicaran el apelativo de “los millonarios”.
El 28 de enero de 1940, los colombianos vencieron a los argentinos. Las mejores críticas fueron para nuestro compatriota Suárez. El Tiempo, de Bogotá, dijo: “Alfonso Suárez, el notable futbolista ecuatoriano, dictó cátedra. Suárez fue un verdadero ‘veneno’ para los del Atlanta, los mismos que resultaron impotentes para anular sus rápidas filtradas y vigorosos cañonazos al gol”.
Las generaciones de hoy ignoran lo que fue para el fútbol sudamericano Jorge Chompi Henriques, un auténtico crack que brilló en Chile, Colombia y Ecuador, aparte de sus grandes actuaciones en los Sudamericanos de 1941, 1945, 1947, 1949 y 1953.
El diario español AS, el 6 de octubre de 2016, dijo esto del guayaquileño: “La historia de Chompi Henriques no se enmarca en la del típico extranjero que llegó a Chile a labrarse un futuro merced a su talento futbolístico".
“Siendo niño, el defensor se instaló junto a sus padres en el barrio Blanco Encalada, en la comuna de Santiago. Los primeros contactos con el balón los dio con los muchachos del sector en el Parque O’Higgins, que entonces se llamaba Parque Cousiño”.
“El proceso formativo de la época lo realizó en el extinto cuadro de Green Cross. Debutó en el primer equipo en 1940, permaneciendo en el desaparecido elenco de la Cruz de Malta por espacio de cuatro temporadas”.
Se dio el lujo, Chompi, de ser tentado para nacionalizarse chileno y jugar con esa divisa el Sudamericano de 1945. “Qué gran línea defensiva hubiera formado con el Huaso Barrera”, dijo el diario Últimas Noticias luego del torneo, en el que se convirtió en un jugador elogiado por toda la prensa chilena y sudamericana, al punto de ser llamado “el Salomón de los norteños”, en referencia al zaguero argentino José Salomón, a quien el periodismo gaucho llamaba Puente Roto, porque nadie podía pasarlo.
Decidió seguir siendo ecuatoriano y fue protagonista, en 1946, de la más costosa transferencia de la historia del balompié chileno al pasar a Audax Italiano, con el que fue campeón.
En 1949, los dirigentes de Independiente Santa Fe, de Colombia, lo llevaron a jugar a El Dorado, la famosa época en la que en Colombia se practicaba el mejor fútbol del mundo. Después estuvo en Sporting de Barranquilla y, al final, volvió a Guayaquil para militar en el Club Sport Emelec, donde finalizó su carrera en 1954.
Alfonso Suárez Rizzo obtuvo su consagración en el Sudamericano de 1941 al ser elegido por los periodistas que cubrían el certamen, en una encuesta convocada por el rotativo Últimas Noticias, como el mejor interior derecho, junto a una leyenda del balompié universal: el argentino José Manuel Moreno, apodado más tarde el Charro.
Terminado el certamen , lo fichó Magallanes, con el que estuvo una temporada, para pasar luego a Green Cross, donde se encontró con Chompi Henriques. Permaneció en ese equipo hasta 1944, cuando retornó a Guayaquil. (O)







