El sueño del ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez era regresar a su país, “pero el día que no esté Hugo Chávez”, el actual mandatario a quien dejó un país sumido en el caos, la crisis y la corrupción; situación que hoy no ha cambiado y mantiene en una recesión económica a la nación venezolana, cada vez más polarizada. Un símil que para los críticos no está lejos de la realidad por los cuestionamientos al manejo político de los dos gobernantes.
El ex mandatario, CAP, como lo conocían por las iniciales de su nombre, marcó la política de Venezuela de la segunda mitad del siglo XX, con la nacionalización del petróleo en su primer mandato y la crisis social del Caracazo (revuelta con decenas de muertos y millonarias pérdidas) en el segundo, que abrió el camino al actual mandatario.
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Aquejado por un ataque cerebrocardiovascular sufrido en el 2003 que le paralizó la mano, el brazo y la pierna del lado derecho murió el pasado 25 de diciembre en Estados Unidos, a la edad de 88 años.
Los últimos años pasó en Miami, donde vivió en un apartamento con vista al océano Atlántico, en una torre ubicada en un exclusivo distrito. A esa ciudad estadounidense llegó desde República Dominicana tras abandonar su país, en 1999, huyendo de causas pendientes por supuestos actos de corrupción.
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El ex presidente fue uno de los políticos más carismáticos e influyentes de América Latina. Pero su carrera presidencial terminó prematuramente durante su segundo mandato (1989-1993), cuando se convirtió en el primer jefe de Estado que debió abandonar el poder acusado de irregularidades y la Corte Suprema de Justicia decidió investigarlo por indicios de malversar $ 17,2 millones de fondos públicos reservados a gastos secretos de seguridad y defensa nacional. Se convirtió en el único mandatario venezolano depuesto por mecanismos constitucionales.
Fue el penúltimo de doce hermanos, nacido el 27 de octubre de 1922 en la población suroccidental de Rubio, estado Táchira. En 1935 se radicó en Caracas con su familia, donde siguió sus estudios. Visto como controvertido y visionario, a los 16 años inició de lleno su vida política. Ingresó al Partido Democrático Nacional, organización de corte socialista “no marxista”, que después adquirió el nombre de Acción Democrática (AD).
Tras su paso como secretario del Consejo de Ministros, diputado de la Asamblea Legislativa y como integrante de la Cámara Baja del Congreso y Cámara de Diputados, en 1973 se postuló a la primera presidencia. Con el lema Democracia con Energía, CAP conquistó el voto de millones de venezolanos.
Su primer gobierno, entre 1974 y 1979, estuvo marcado por la nacionalización del petróleo y la fundación de la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa), que permitió a su país favorecerse de los altos precios del crudo y, de inmediato, ganarse el apodo de “Venezuela saudita”.
Los meses que precedieron a la toma del poder coincidieron con el embargo de petróleo de los países árabes a los Estados Unidos, lo que significó un alza en el precio del crudo de casi tres veces su valor.
Apoyado en el boom petrolero, Pérez buscó erigirse en un líder del Tercer Mundo: otorgó su apoyo al Movimiento Sandinista para derrotar la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua y llamó a reinsertar a Cuba en el sistema interamericano.
El ex mandatario venezolano suministró a Nicaragua más de un millón de dólares a la causa sandinista, refiere el escritor nicaragüense Sergio Ramírez Mercado, que fue vicepresidente del país, quien agregó el pasado miércoles que el apoyo de Pérez, iniciado en 1977, fue clave para que la guerrilla sandinista derrocara al dictador Anastasio Somoza en 1979.
El profesor de Historia en la Universidad Católica Andrés Bello, de Guayana, recuerda como una anécdota, cuando al fin de su primer gobierno, Pérez compró máquinas de barrer nieve para la Universidad de Zulia; acondicionadores de aire para la zona desértica de la Universidad de los Andes; y tractores con acondicionadores de aire norteamericanos para los campesinos venezolanos que nunca supieron manejar.
El exceso del gasto, al finalizar su primer mandato, le mereció duras críticas. Su gestión se vio salpicada de cuestionamientos por la excesiva burocracia, corrupción y mal manejo de los recursos. Según la Biblioteca del Congreso de EE.UU., la primera administración de Pérez gastó más dinero en cinco años que todos los gobiernos desde la Independencia sumados.
Al concluir ese periodo, fue nombrado vicepresidente de la Internacional Socialista (IS), dedicándose con ahínco al trabajo político fuera de Venezuela.
Las críticas por el despilfarro de la fortuna petrolera, las inversiones inútiles y la corrupción, significaron el ascenso de Luis Antonio Herrera a la máxima jefatura del Estado venezolano en 1979.
Sin embargo, su liderazgo carismático se renovó y en 1988 ganó nuevamente las elecciones por su partido Acción Democrática, cuya dirigencia se encontraba ya muy dividida y, en su mayoría, le adversaba.
Se posesionó el 2 de febrero de 1989, en fastuosa ceremonia a la que asistieron 24 mandatarios iberoamericanos y el vicepresidente estadounidense Dan Quayle. Pero antes de que terminara ese mes, enfrentó el Caracazo, la más fuerte sublevación popular que haya vivido gobierno alguno de este país en la era moderna democrática.
Pérez suspendió las garantías constitucionales, impuso un toque de queda y sacó al ejército a las calles. La revuelta, atribuida a un paquetazo económico para enfrentar la abultada deuda externa del país, que incluía un alza del precio de la gasolina que provocó un aumento de las tarifas del transporte público, dejó 276 muertos y 150 millones de dólares en pérdidas. Organizaciones sociales indicaron que en esos días fueron desaparecidas unas 2.000 personas. Los hechos le significaron a Pérez el divorcio con la opinión pública.
La población estaba resentida y la popularidad del mandatario descendió a niveles ínfimos. Lo veían como un líder corrupto, un hombre multimillonario aficionado a los viajes y a los trajes elegantes e insensible a las penurias que experimentaban los pobres. Sus nacionalizaciones, sus romances, sus frigoríficos con sobreprecio, el barco que le regaló a Bolivia, sus conflictos con los partidos políticos y los vecinos, fueron entre otras las acusaciones de sus detractores.
Mientras el índice de población que se hallaba por debajo del umbral más extremo de pobreza avanzó del 15% a finales de 1988 al 45% dos años después.
Durante su segundo mandato fue un hombre acorralado. Enfrentó una ola de protestas y disturbios, así como dos intentos de golpe. Uno de los líderes de la asonadas era un teniente coronel entonces totalmente desconocido: Hugo Chávez. Precisamente de esa acción, el actual mandatario se jacta repetidamente y dice que fue esa la chispa que encendió el motor de la Revolución Bolivariana, su proyecto que los críticos más bien lo ven como una consecuencia del ejercicio de CAP.
Algunos de los rasgos que comparten –al menos en la historia– CAP y el actual gobierno venezolano son las abiertas relaciones con Cuba, con la República Popular de China y con la Unión Soviética (ahora Rusia), la creación de ministerios para mayor participación popular, el alza en los precios del petróleo, los consecutivos viajes, altos ingresos fiscales, apertura internacional y la estatización parcial de la industria venezolana.
“Justicia distributiva”, decía CAP. “Justicia social”, argumenta el gobierno de Chávez. El Congreso otorgó, en mayo de 1974, poderes especiales para que CAP legisle en materia económica; Chávez va por la cuarta habilitante, la más reciente para decretar leyes y atender la crisis de las lluvias. El 1 de enero de 1975, el mandatario y líder indiscutible del partido Acción Democrática anuncia desde Ciudad Guayana la nacionalización de la industria del hierro –un año más tarde la del petróleo–; el 8 de abril del 2008, trabajadores de Sidor reciben en la madrugada la decisión de Chávez de reestatizar la siderúrgica.
Desde el poder que ostenta Chávez no descansó en buscar la extradición del ex mandatario, pero desde el exilio, CAP tampoco cesó sus críticas al actual presidente venezolano. En julio del 2004, instó a la oposición al uso de la violencia para levantarse contra el régimen de Chávez quien merecía “morir como un perro, con el perdón de esos nobles animales”. Hasta la oposición se mostró en contra de esas palabras, pues en lugar de favorecer sus propósitos los contravenían, según publicó la revista colombiana Semana.