Sobre el cemento, la hinchada de Huracán contrae disfonía gritando “Vení, vení, cantá conmigo... que un amigo vas a encontrar... Que de la mano, de Ángel Cappa todos la vuelta vamos a dar...” Sobre el césped, la sinfónica del Globito le mete cuatro goles a River que pueden ser media docena. Pero lo que más emociona no son los goles, es el baile, el toque lujoso del equipo de moda del fútbol argentino, una suerte de Barcelona criollo. Un cuadrito de dos pesos con cincuenta, pero que suena como una cajita de música: tic... tac... pim... pum... pam... gol...
Acá no está Messi, pero está Deferico, otro bajito que la lleva cosida al botín y se va gambeteando hasta debajo del arco. No hay un Iniesta, pero sí un Pastore, un elegante que circula en puntas de pie y hace goles de colección. Y está el Maestrico González, un venezolano exquisito. Los otros son un ejército de soldados desconocidos cuyos nombres no importa revelar, lo trascendente es que armonizan la misma partitura.
Entre ganar títulos de cualquier forma o jugar de galera y bastón, Huracán eligió siempre lo segundo. Y fue perdiendo protagonismo en el historial. Han sido más las penas que las alegrías, pero cuando al Globo se le da un equipo de estos, suena como un Stradivarius. Y hasta los contrarios somos felices.
Quien ingresa en una iglesia sabe que debe respetar el silencio, quien entra en Huracán sabe que debe respetar la pelota.
Después de ser campeón en 1928, le tocó esperar 45 años para saborear otro título. Tardó, pero fue el Huracán de César Menotti, aquel de Houseman, Brindisi, Avallay, Babington y Larrosa. Producía tanto fútbol, que si le repartía un poco a cada equipo, jugaban bien todos.
Un domingo glorioso de sol de 1973, el Globo viajó a Rosario para enfrentar a Central en su temible bastión de Arroyito. Ganó Huracán 5-0 con una exhibición nunca olvidada. Tras el quinto gol, el público centralista se puso de pie y comenzó a aplaudir, homenaje pocas veces visto en el fútbol. Era la esencia de lo que Huracán había querido ser toda su vida: un club que jugaba bien.
Así como es saludable que una referencia mundial como el Barcelona dicte cátedras de fútbol en Europa, es refrescante que Huracán pase este mensaje en un fútbol tan confundido como el argentino.
Y si es lindo ver al Globo sobre el césped, igual de edificante es oír al autor intelectual de esta joyita, Ángel Cappa. No es casualidad: Cappa es amigo entrañable de Pep Guardiola, fue discípulo de Menotti y dirigió en dupla con Jorge Valdano. Tienen un sello común. Y como ellos, Cappa es un decidor de frases sabrosísimas.
“El fútbol se vive desde la emoción. Y nadie se emociona por un foul, aunque veces hay que hacerlo”, dice este entrenador que además es profesor de Filosofía y Psicopedagogía. Le preguntaron hasta cuándo pensaba quedarse en Huracán. “Mucho tiempo”, respondió. “No estoy esperando que me vaya bien acá para irme a otro lado”. Y remata: “Tengo muchos deseos de ganar, pero no podemos convertir 90 minutos en un sufrimiento”.
Cappa fue un oscuro lateral derecho de Villa Mitre, pequeño club de provincia. Una tarde jugaron un amistoso frente a River, tuvo la suerte de quedar mano a mano con Amadeo Carrizo y remató mal, se la tiró a las manos al legendario arquero. “Ahí me di cuenta de cuál era mi techo en el fútbol”, confiesa. “No quería volver a casa porque mi viejo era mi crítico mayor. Hice tiempo y llegué como a las 02:00, en puntas de pie, pero me estaba esperando. Prendió la luz y me dijo: “¿Cómo pudiste definir tan mal...?”.
Cappa se exilió en España en 1979. Recomendado por otro futbolista de sus pagos, Menotti lo contactó para que le pasara informes de los rivales de Argentina antes del Mundial 1982. Allí comenzó como técnico.
Le preguntaron cómo convencía a sus dirigidos de practicar el estilo que él pretende. “El deseo de todo jugador es tratar de jugar lo mejor posible, como Zidane, por ejemplo. Hay que incentivar ese deseo”, contesta. No le gusta la palabra trabajar en fútbol. “Entrenar es más correcto”. Dice que en la Argentina se exagera con la pasión por este juego: “El fútbol a toda hora idiotiza. Hay cosas más importantes, la vida, la sociedad, transformar esa sociedad en una más justa”.
Entró en un club en el que un empleado vende cien entradas y otro sale corriendo con ese dinero a pagar la luz y el gas. Le dieron un plantel plagado de modestos y desconocidos. Ángel Cappa armó una orquesta que toca lindísimo. Hoy, uno mira las tribunas del Globito y piensa: ¡qué ganas de ser hincha de Huracán...!