El pasado sábado la embajada de Estados Unidos en Caracas izó la bandera de su país por primera vez en siete años. Así se selló el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Venezuela, rotas en 2019. La presencia de delegaciones diplomáticas tienen valor político y práctico en el reconocimiento de la legitimidad de un Gobierno y sobre todo de una democracia que está en reconstrucción.

En el caso de Venezuela, Delcy Rodríguez juramentó como presidenta el 5 de enero pasado tras la captura el 3 de ese mes del entonces presidente Nicolás Maduro en un operativo militar de Estados Unidos. Aunque en la ceremonia ella se quejó de “una agresión militar ilegítima” e incluso habló de “secuestro” y “rehenes”, su ejercicio y declaraciones recientes muestran una relación fluida. El pasado 13 de marzo confesó que todos los días su Gobierno mantiene conversaciones con la administración de Donald Trump.

Venezuela y EE. UU. conversan “todos los días”, dice Delcy Rodríguez

Más allá de ello, en una transición democrática las misiones diplomáticas son canales de cooperación y fortalecimiento institucional.

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En el contexto de la recuperación de la democracia y el apoyo de la comunidad internacional no se puede olvidar a los presos políticos ni descansar hasta que el último esté en libertad porque representan la violación de libertades.

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Hasta el viernes la ONG Foro Penal registró la excarcelación de al menos 690 presos políticos en Venezuela desde el pasado 8 de enero. Se contabilizaban 508 en prisión, aunque el Gobierno rechaza que haya detenidos por motivos políticos.

La opositora al chavismo María Corina Machado advirtió de una amnistía selectiva para “prolongar el terror y quebrar la moral de quienes luchan por la democracia y la libertad en Venezuela”. De los liberados no se ha detallado los que quedan sin cargos ni restricciones judiciales y los que seguirán sometidos a procesos penales y tienen medidas cautelares. Esta información es clave y no debe pasarse por alto para un verdadero cambio en Venezuela. (O)