Hay músicos que no solo escriben canciones: escriben ciudades. Para mí, Willie Colón escribió Nueva York, en una de sus versiones más intensas, íntimas y la más latinoamericana. No la de las postales, sino la del barrio, la del humo en las escaleras de incendio, la de los trombones que suenan como una sirena que anuncia fiesta y peligro al mismo tiempo. En esa urbe áspera y diversa, donde el Caribe aprendió a hablar en inglés sin dejar de soñar en español, Colón fue un arquitecto. Un muchacho del Bronx que entendió que la salsa no era un ritmo sino una visión sobre la historia.

Su alianza con Héctor Lavoe fue más que un encuentro musical: fue una novela. Colón, productor minucioso, visionario, le dio a Lavoe un andamiaje sonoro que era calle y elegancia. Juntos levantaron un repertorio que todavía palpita en las esquinas de América Latina y en la que nos encontramos sus hijos. Pero también fue una relación marcada por tensiones, excesos y silencios. La grandeza artística no inmuniza contra la fragilidad humana, a veces la intensifica. En ese filo caminaron.

Después vino la sociedad, luminosamente fecunda y humanamente compleja, con Rubén Blades. El propio Blades ha reconocido, en un maravilloso y reciente texto de homenaje sin culpas ni rencores, que aquella relación alcanzó dimensiones históricas para la salsa, incluso cuando fue difícil para ellos. Fue un milagro. Pedro Navaja es muestra de esa poderosa alianza narrativa: es una crónica urbana, una parábola sobre la violencia y el azar, un espejo de nuestras urbes latinoamericanas. Juanito Alimaña retrata la marginalidad sin sermón. En un Simón, Willie, convierte en ritmo y la memoria la dolorosa historia del género y la identidad sexual masculina. Hubo, en su afán creador y literario, un registro del tiempo.

Y no solo fue denuncia o crítica social. En Gitana o Idilio hay una delicadeza y una manera tan liviana como original de abordar el hecho poético. Allí el trombón respira como un verso largo, y la voz, propia o ajena, se vuelve confesión e ilusión. Colón supo que el poder del lenguaje no se limita a señalar heridas. Pudo nombrar el deseo, la nostalgia y la belleza fugitiva. Y cuando quiso reírse del espectáculo y de nosotros mismos, apareció Talento de televisión, esa gracia desinhibida que convierte la ironía en baile.

Fue extraño el giro que tuvo en los últimos años, al abrazar posturas políticas reaccionarias frente al mundo latinoamericano que tanto cantó, con justicia y sensibilidad. Nada, sin embargo, borra la profundidad social de su obra ni la valentía de haber hecho de la salsa un fenómeno continental, político, cultural y metafísico. Ninguna de las vidas que escucharon y bailaron sus canciones hubieran sido lo que fueron sin esas canciones. Más aún en los Estados Unidos, que tiene al menos 43 millones de hablantes nativos del español. Sus letras, su energía, su gozadera, han sido influencias maravillosas en lo que quiero que sea mi escritura. Y también en mi manera de recordar a esa gran capital de la salsa y del español latinoamericano, en sus diversas formas, que es y siempre ha sido la ciudad de Nueva York. (O)