La paradoja nacional, tan prolífica ella, hace que el cargo político más importante de la actualidad sea, justamente, uno que no está sometido al voto popular: la Fiscalía General del Estado. Y en este periodo, el de Diana Salazar, designada en concurso, no en campaña proselitista, son muchas las señales que han reforzado esa realidad: el Ecuador desde hace varias décadas se gobierna desde instancias judiciales, desde la Fiscalía y las cortes, y es más importante lograr el control político ahí que en la Asamblea Nacional. Ni se diga en ministerios y subsecretarías de donde salen precisamente los insumos que engrandecen el poder que puede mover a un corrupto de su jacuzzi a la cárcel. O lo contrario.

Esta semana la fiscal ha vuelto a hacer gala de ese poder político, que ella no admite, pero usa estratégicamente. Reaparece tras licencia por embarazo para anunciarle al país que, dura como es, ha superado ese primer momento y está lista para enfrentar a quienes la quieren en el banquillo de los acusados legislativos, pero más que para que diga todo lo que sabe, para presionar a la suma de votos que la censuren y destituyan, dejando vacante el que, como digo y sostengo, es el cargo político más importante del país.

“Vengan, de a uno…” como en X, antes Twitter, se desafía a los que actúan y piensan distinto, le faltó decir a la fiscal. Pero quedó implícito. La pregunta es cuánto les conviene a sus contradictores, y en especial los que actúan con conexión bluetooth desde Bélgica y México, brindarle a Salazar el espacio para que cuente muchas de las cosas que aún no ha contado sobre los casos de corrupción que mantienen en la cárcel a prominentes figuras del correato, del morenato, del PSC y un largo etc. Relato que sin duda justificará proveerse de canguil y café en importantes cantidades. Porque si luego de todos esos detalles ella es censurada, habrá una aprobación tácita a su denominación de “narcojuicio” que le ha dado al proceso. Y si es absuelta, vuelve ella a ganar porque significa que actuó con apego a la ley, aunque nadie duda de que juega muy bien en la cancha política.

No son tan lejanos los tiempos de la durísima represión, desaparición y encarcelamientos infrahumanos de los que pensaban distinto, que ocurrió en buena parte de Latinoamérica por el miedo al comunismo cubano-ruso. Cuando caducaron las dictaduras militares como opción, surgió de mentes brillantes otra forma de desaparecer a los rivales: el desprestigio, la “muerte en vida” y junto con esta, el exilio y el autoexilio al que empujaban a esos parias a irse del país, porque un “pajarito” (no el de Maduro, por cierto) les advertía que en 24 horas saldría su orden de captura por las razones más insólitas. Ese manejo judicial de la política se ha enseñoreado y es la principal motivación para tomar el control que ahora tiene Salazar, y que deberá dejar en pocos meses, cuando sí o sí, pasará al retiro. Y la pugna que venimos viviendo alrededor de mandarla anticipadamente a su casa para bien de los corruptos desnuda la ansiedad por ese, el principal cargo político del país. No tengo pruebas (“nadie roba con escritura pública”), pero tampoco dudas. (O)