“Uno para todos y todos para uno”. ¿Quién no expresó la consigna de D’Artagnan y los Tres Mosqueteros para demostrar amistad, honor o valentía, como en la novela de A. Dumas? Pero sus implicaciones en la política actual son otras.
En La galaxia rosa (2024), Sebastián Grundberger explica que el título deriva de “marea rosa”, término que L. Rother publicó en The New York Times, a propósito de la entrevista al presidente uruguayo Tabaré Vásquez en 2004. El “gobierno rosa” tuvo su apogeo en América Latina entre 1998-2014 y fue contrapunto de los regímenes rojos marxistas radicales. Al buscar por qué se ha debilitado la confianza en la democracia no es posible ignorar su conexión con la marea rosa, sostiene Grundberger.
Acogiendo a otros actores (ONG, iglesia, gremios, donantes), la marea rosa pasó a ser una “galaxia”, controlada por los planetas más autoritarios. El rosa mutó a rojo oscuro y rosa pálido, pintando tanto la calidad democrática como la influencia de gobiernos ortodoxos y carnívoros (dictaduras, autoritarismos) sobre pálidos o vegetarianos (socialdemocracias).
Revisemos en breve las estrategias de la “galaxia rosa” que el autor describe: 1) Manipulación autoritaria de estructuras democráticas, buscando figuras de liderazgo mesiánico; 2) Uno para todos y todos para uno, con canales de coordinación formalizada; 3) Instinto de poder corporativo, partido transnacional de izquierda y empleos en gobiernos, organismos internacionales, academia, etc.; 4) Narrativas y apropiación de conceptos, como lawfare y progresismo; 5) Legitimación a través de donantes internacionales, sobre todo europeos; 6) Vínculos con el narcotráfico (no siempre), que implica “desde una lucha a medias contra los carteles de la droga, pasando por la deliberada mirada hacia otro lado a cambio de favores financieros, hasta la participación institucionalizada y sistemática en el tráfico de drogas para financiar al Estado y a los partidos políticos”.
¿Suena conocido? Vale observar la ambigua reacción de sus miembros (Foro de São Paulo, Grupo de Puebla, aliados como Rusia, China e Irán, etc.), cuando se cuestiona la débil coherencia democrática y la relativización de sus principios. Hace poco, en Ecuavisa, L. Artieda preguntó a la candidata presidencial Luisa González si N. Maduro era un demócrata. Ella respondió: “Pues no lo sé, para muchos sí, y para muchos no”. ¿Y para usted, doña Luisa, para usted?, inquiero yo. Otros candidatos también han eludido pronunciarse sobre el tema.
Si bien es cierto que existen regímenes híbridos de derecha con figuras autoritarias, arropadas bajo la manta democrática, es preocupante que no se reconozca públicamente la diferencia entre democracia y dictadura. Si Dumas viviera hoy, quizás usaría distintas consignas: Uno contra todos y todos contra uno. Nada para nadie y uno para uno. Uno para todo y todo para algunos.
¿Hasta cuándo resistirá la democracia a los hombres que en su nombre la devoran? Aúllan los lobos; esta vez, exilados de sus tierras, devenidos en corderos. “La pesadilla tiene un horror peculiar; la pesadilla, ese tigre entre los sueños”, escribía Borges. (O)