De Donald Trump, en el cargo desde hoy, se dice que es aislacionista, partidario de mantener a su país contenido en sus fronteras, sin involucrar tropas americanas en conflictos externos. A lo mejor lo es en el fondo de su alma, igual su electorado duro. Pero no lo fue en su primera administración. Y ahora hace planteamientos insólitos que demuestran que no lo será en la segunda. Me refiero a sus pretensiones de incorporar Groenlandia a su país; la invitación a Canadá para formar parte del mismo; a pedir la devolución del canal de Panamá; y a la amenaza de bombardear México para acabar con el narcotráfico. Planes que los estrategas geopolíticos no consideran descabellados con vistas a una contienda global, sino casi necesarios para proteger Norteamérica de las intenciones de otra superpotencia.
Esta conducta globalista, que ladea el aislacionismo, sería un imperativo histórico de la más poderosa nación de Occidente, que como tal se ve compelida a defender la civilización madre, consciente de que su supervivencia depende de la vigencia de un entorno de naciones ligadas por historia y cultura. Y lanza estas desmesuradas propuestas, forzado por la situación geopolítica. Me pregunto si su proyecto lo llevará a edificar un “Estado universal” según el modelo trazado por el historiador inglés Arnold Toynbee. Trato de explicarlo brevemente. Según este pensador las civilizaciones surgen por la acción de “minorías creadoras” que saben reaccionar ante desafíos sociales o físicos. En un punto estas minorías pierden la iniciativa y se transforman en “minorías dominantes”. Al mismo tiempo un “proletariado interno”, una mayoría subordinada, y un “proletariado externo”, pueblos vecinos menos desarrollados, presionan para apoderarse de la sociedad. La civilización se precipita en “tiempos revueltos”, una situación de frecuentes guerras y revoluciones, que una minoría dominante pretende controlar estableciendo un Estado universal. Es decir, absorbiendo a todos los países que comparten esa visión social y cultural. Al derrumbarse el coloso, la civilización queda aniquilada. Piénsese en el mundo helénico y en el que fue su Estado universal, el Imperio romano.
Esto funciona no porque algún grupo decide un día “vamos a crear un Estado universal”, sino que actúa más o menos inconscientemente, movido por la fuerza de la historia. Occidente estaría en ese punto y la burguesía angloamericana pretendería establecer ahora un verdadero imperio que “ponga orden” en los tiempos revueltos. Si se revisa el esquema de Toynbee se verá que es rico en variaciones y matices, pero espanta ver que los factores fundamentales están presentes en nuestra época. Compárese el pretendido bombardeo de México con la invasión romana a Gran Bretaña. El intelectual británico cuyo pensamiento hemos analizado tuvo gran predicamento a mediados del siglo pasado, después fue cuestionado por críticos que encuentran demasiada imaginación en sus conclusiones. Pero al ver que Trump quiere cambiar el nombre del golfo de México por “golfo de América”, digo “dónde he leído todo esto” y recuerdo que los romanos llamaron Mare Nostrum, mar nuestro, al mar Mediterráneo. (O)