He visto centenares de encuestas en las que se preguntaba a las personas sobre sus necesidades, sobre lo que debería proporcionarnos el Estado o sobre cuáles son sus expectativas y esperanzas. Las respuestas siempre se refieren a seguridad, obra pública, mejora económica, salud, educación, etcétera. Nunca he visto que se registre un porcentaje, por mínimo que sea, de personas que pidan “más libertad”. Es probable que en países sometidos a dictaduras duras las personas respondan de esa manera, pero en cambio, allí es difícil realizar estos sondeos. No ignoro que aquellos resultados pueden provenir de cuestionarios “cerrados”, en los que las respuestas posibles están limitadas a un abanico predeterminado de opciones entre las que no se incluye “más libertad”.

Lea las últimas noticias sobre las elecciones presidenciales de Ecuador de 2023

En realidad, creo que esta condición tan importante, este derecho humano básico es ladeado porque, hablo del Ecuador, se asume que somos libres y para qué vamos a buscar algo que ya tenemos. Llevamos casi doscientos años con Estado independiente y menos de la cuarta parte de ese tiempo nos gobernaron dictaduras, que nunca llegaron a los excesos de los despotismos de otros países. De hecho, la fundación Freedom House, en su índice de libertad, califica a esta tierra equinoccial como “libre”, con 70 puntos sobre 100 posibles. ¡Bravo! Pero no cantemos victoria muy fuerte, porque esto no ha sido así siempre en lo que va del milenio. Esta es una nueva condición adquirida recién en 2021, después de dos décadas encasillados como “parcialmente libre”. Esa ONG no es el Vaticano, pero nuestra percepción es que sus evaluaciones son justas. Nuestro puntaje está en el límite exacto entre las dos categorías y peor, otros análisis demuestran que una tercera parte de la población está ansiosa por volver a la dictadura que nos sumió en el más denso autoritarismo de la historia. Dirán que aquí no hubo dictadura, pues se trataba de un régimen electo “democráticamente”, cierto, pero aquí aparece luminosa la aristotélica distinción entre democracia y república, a la primera le bastan los resultados electorales, mientras que la segunda exige además imperio de la ley, estado de derecho, separación de poderes, entre otras condiciones. Y eso no hubo.

No olvidemos que en 2007 un entusiasta 80 por ciento de la población, incluidos un porcentaje similar de los intelectuales y hombres de negocios, apoyó entusiasta la entrega de todos los poderes a una gavilla de advenedizos, sin escuchar a quienes advirtieron del peligro que se venía. Si salimos del lodazal fue gracias a la caída de los precios del petróleo, de lo contrario seguiríamos cantando Patria, tierra sagrada. Somos bipolares, amantes tibios e infieles de la libertad. Si se encuestase la posibilidad de que el próximo gobierno sea “de mano dura”, sin lugar a duda, una significativa mayoría apoyaría la propuesta. Hay quienes consideran que la libertad puede ser pospuesta, un ratito no más, hasta que nos enrumbemos en un proceso de desarrollo y seguridad, lo que es una falacia, puesto que los países más desarrollados y seguros son también las repúblicas más libres. Es decir, la libertad se come, se vive a diario, es un producto de primera necesidad. (O)