General Villamil – Playas, uno de los balnearios emblemáticos del Guayas, atraviesa una crisis que ya no puede maquillarse con feriados ni campañas turísticas. Lo que debería ser orgullo provincial se ha convertido en símbolo de abandono, desorden y miedo cotidiano.

La primera evidencia es visible en montones de desechos pestilentes. La recolección irregular de basura ha transformado calles y sectores residenciales en focos de insalubridad. Fundas acumuladas durante días, desperdicios esparcidos por el viento y animales carroñeros disputando restos a plena luz del día dibujan una postal indigna. Las playas, principal atractivo del cantón, tampoco escapan: la presencia de desechos y la proliferación de ratas y roedores no solo afectan la imagen turística, sino que representan un serio riesgo sanitario.

Pero el deterioro no es solo ambiental. El desorden vial se ha normalizado. Las tricimotos circulan sin control, muchas veces sin respetar normas básicas de tránsito ni señalética, invadiendo carriles, excediendo capacidad o compitiendo por pasajeros en medio del caos. La ausencia de autoridad efectiva convierte cada calle en tierra de nadie. El mensaje implícito es devastador: la ley es opcional.

A este escenario se suma la sombra más oscura: la inseguridad. Los habitantes hablan, cada vez con menos reserva, de extorsiones, “vacunas”, secuestros y asesinatos que ya no sorprenden. El narcotráfico ha encontrado terreno fértil donde la institucionalidad es débil y la presencia del Estado resulta intermitente. Comerciantes que pagan para poder trabajar, familias que viven con temor y jóvenes expuestos a redes criminales son parte de una realidad que no puede seguir relativizándose.

Playas no merece este destino. Su ubicación estratégica, su tradición turística y su potencial económico deberían convertirla en motor de desarrollo, no en ejemplo de desgobierno. La responsabilidad es compartida: autoridades locales que deben asumir liderazgo real; instituciones provinciales y nacionales que no pueden mirar hacia otro lado; y una ciudadanía que necesita organización y participación activa para exigir cuentas.

Recuperar el orden no es una consigna autoritaria, es una necesidad básica de convivencia. Significa garantizar servicios públicos eficientes, reforzar el control sanitario y ambiental, aplicar la normativa de tránsito sin privilegios y, sobre todo, restablecer la seguridad con inteligencia, coordinación y presencia permanente de la fuerza pública.

La indiferencia prolongada solo profundiza la decadencia. Cada día sin acciones concretas erosiona la confianza y empuja a más ciudadanos al desencanto o a la migración. General Villamil – Playas está a tiempo de corregir el rumbo, pero requiere decisión política y compromiso firme.

Que alguien se apiade, sí, pero no desde la compasión pasiva, sino desde la responsabilidad institucional. Playas necesita orden, limpieza y seguridad. Necesita autoridades que gobiernen y ciudadanos que no se resignen. Porque un balneario abandonado no es solo un problema local: es el reflejo de un Estado que debe reaccionar antes de que el deterioro sea irreversible. (O)