El físico teórico Michio Kaku, especialista en teoría de cuerdas, formado en Harvard y con un doctorado en física, es, además, un solvente, diáfano y ameno divulgador de la ciencia. Me recuerda a Steven Pinker, el psicólogo y psicolingüista que también ha sabido trasvasar, con extremo rigor y con el talento para despertar el interés, las complicadas interioridades de su disciplina científica en libros que acercan a los lectores. Kaku, en una visión aplicada de su formación como físico, ha derivado al escenario de los viajes espaciales. Su libro más reciente apareció en español el mes pasado: Supremacía cuántica: la revolución tecnológica que lo cambiará todo (Debate). Pero quiero referirme a uno anterior El futuro de la humanidad, también en la editorial Debate, subtitulado La colonización de Marte, los viajes interestelares, la inmortalidad y nuestro destino más allá de la Tierra. Es una de esas obras que no hacen conjeturas arbitrarias sino que establece una genealogía, un estado de la situación y una proyección de futuro de la exploración del espacio, acotando siempre información relevante que amplía la comprensión de esta problemática tan compleja. En este rastreo de Kaku me llama la atención el papel que jugaron en su formación y en la de otros científicos, la lectura de novelas pioneras sobre los viajes interestelares y la vida en otros planetas. Para Kaku fue decisiva la lectura de la trilogía de Isaac Asimov, Fundación, publicada entre 1951 y 1953, y luego ampliada con varios tomos más entre 1982 y 1993. En esas novelas Asimov se planteaba el escenario de la vida humana miles de años después de nuestro presente, en una vasta colonización espacial. Un referente previo de Asimov fue Olaf Stapledon, del que Kaku destacada la novela Hacedor de estrellas, donde viajeros incorpóreos descubren multiversos. Borges dijo que Hacedor de estrellas es “una prodigiosa novela, un sistema probable y verosímil de la pluralidad de los mundos y su dramática historia”.
Hay otros antecedentes decisivos en el desarrollo de la ciencia, como el del joven Robert Goddard que a los 17 años leyó La guerra de los mundos, de Herbert George Wells, publicada en 1898, y que despertó la curiosidad de Goddard para desarrollar el cohete multietapas de combustible líquido. O el caso también visionario del francés Julio Verne, por su novela De la tierra a la luna, de la que Kaku señala su capacidad profética, ubicando en Florida el lugar de los lanzamientos espaciales y su acierto al señalar que serían la luz o la electricidad los agentes de los viajes interestelares, especialmente las que destaca Kaku, el de las nanonaves con velas solares impulsadas por láser.
Los estantes de las librerías están desbordadas de novelas de ciencia ficción, desde los talentosos y magistrales cuentos de Philip K. Dick o Ted Chiang hasta las novelas de Frank Herbert, Ursula K. Le Guin o del escritor chino Liu Cixin, empezando por El problema de los tres cuerpos, parte de su monumental ciclo El recuerdo del pasado de la Tierra. Sin mitificar las posibilidades proféticas de novelistas como Verne o Stapledon, habría que considerar que más que el poder de ver el futuro, la verdadera posibilidad de condición visionaria en el caso de esos novelistas es no tener una atadura con la realidad. La realidad entendida como un peso inamovible termina dando fundamento a la interpretación evemerista, según la cual todo lo que se puede fantasear o concebir tiene una explicación racional, desde los mitos a las leyendas extremas. Lo que se ha tendido a criticar en las novelas, como historias alejadas de la realidad, casi las sombras del mito de la caverna de Platón, resulta ser lo que abre la visión hacia escenarios inauditos. Si Asimov o Stapledon se hubieran detenido en la problemática que Kaku detalla de la evolución de las capsus espaciales, sus problemas de combustible o la alteración muscular por las largas permanencias de los astronautas en gravedad cero, nada de las ficciones interestelares se habrían manifestado. Es la ficción la que quiebra el horizonte rígido de lo cotidiano y libera a los individuos hacia caminos inexplorados o posibles, les da aliento y entusiasmo. La combinación entre fantasía libre, verosimilitud e identificación con los personajes, en momentos de configuración de la personalidad, cuando la imaginación todavía constituye el escenario donde niños y adolescentes se mueven con mayor intensidad, hace que las ficciones se conviertan en modelos posibles de nuevas realidades. No vamos a ocultar que también puede llevarlos al error, como se dijo que ocurrió con la publicación en 1774 de la novela de Goethe, Las penas del joven Werther, que supuestamente llevó a varios jóvenes al suicidio imitativo como ocurre con el protagonista de la novela, y que llevó al sociólogo norteamericano David P. Philipps a denominarlo en un artículo de 1974 como el “efecto Werther”. Por supuesto, son los riesgos que la ficción siempre ha tenido y que seguirá teniendo, sobre todo problemático en sociedades que consideran que deben regir o dictaminar el escenario de sus posibles. En esos escenarios de fantasía, Kaku también nos recuerda el caso del ingeniero multimillonario Jeff Bezos que entusiasmado por su recuerdo de la serie Star Trek empezó a invertir en el proyecto de viajar al espacio.
Michio Kaku tiene los pies en la tierra. Como debería tenerlo todo lector de novelas, que debe aprender a distinguir las dimensiones de lo que se lee de la fantasía con aquello que forma parte de la vida diaria, sometido a distintas coordenadas, a veces ineludibles. Solo que la ficción, con el mismo hecho de romper el continuo de lo real –es decir, romper el tedio– permite a la mente encontrar caminos inesperados que se ocultan o quedan disimulados detrás de montañas de inercia. Ese empuje vital de las novelas abre, de manera conjetural, holística, otras formas de vida, sea aquí en el lugar donde vivimos, a la vuelta de la esquina, en otro país o en otras galaxias. (O)