Leer y compartir lecturas es un placer, más que nada cuando deja material para rumiar en silencio y por largo tiempo. Ocurre el fenómeno del acompañamiento: se vive con otros, hacia adentro. Yo vengo de mi cuarta lectura de Memorias de Adriano (1951) y me sorprendo pensando en la Roma del siglo II y en ese hombre único que fue el emperador. Repasando mis notas en los márgenes del libro, veo que esta ocasión he llegado más lejos.
Frente a la cadena de los emperadores romanos que van de Octavio Augusto al protagonista de Marguerite Yourcenar, me he preguntado por qué lo eligió precisamente a él, cuando, si buscaba a un político de altura pudo haber escrito sobre el primero, el que instauró la Pax augusta y unió el imperio, o sobre Trajano, que extendió el territorio por encima de los linderos del Danubio. Pero hizo del gran soldado e intelectual helenista Adriano, su personaje, tan de la historiografía como de ella misma. Concluyo que lo eligió porque es con quien más afinidad tiene su propia personalidad, que pese a las centenas de distancia, es un gobernante que avizora el futuro.
El Adriano histórico –origen español, educación militar y filosófica con férreo apego a las fuentes griegas– late en las páginas que, en primera persona, le cuenta su vida a Marco Aurelio, que ese momento tiene 17 años, porque su salud lo amenaza con el fin. Su comprensión de las metas políticas del imperio, así como de la zigzagueante conducta del Senado, lo ponen detrás de objetivos claros: fortificación en Britania, de tal manera que el ímpetu nativo quedara controlado; reparto de tierras para que los soldados romanos se hicieran agricultores; tributos adecuados de las colonias; gobernadores justos que permitan el mantenimiento de las culturas propias.
Un filón místico lo lleva a bucear en las religiones ancestrales: participa de los misterios de Eleusis respetando el secretismo de los ritos; se baña en la sangre del toro que sacrifica el culto a Mitra, escucha la incursión de una maga que convoca a los espíritus; todo esto, como expresión de la psiquis curiosa y buscadora que sostuvo “mi primera patria fueron los libros”, estudios que no limitaron su acceso a la realidad. ¿Acaso no ha sido esa la cifra principal del ser humano de todos los tiempos, sino explorar y conocer el mundo?
Este hombre que comprendió la decisión del general que en las luchas de Tebas –al organizar un batallón de parejas masculinas que guerreaban con su amante al lado– tiene una historia de amor que, fríamente hoy cualquiera rechazaría. Se enamoró de un adolescente y lo llevó consigo por 4 años, en sus viajes de exploración de los territorios orientales. ¿Cómo está escrito este pasaje para que los lectores de hoy lo consuman sin prejuicios? He aquí el alcance de una obra literaria, inspirada en aquello de “Grecia ha sabido ennoblecer la pasión por el amigo” llevando a Adriano a vivir “las disciplinas del espíritu como uno de los efectos más hermosos del amor”, presencia que una vez perdida, lo hizo conocer la implacabilidad del dolor. Gobernó 15 años más, concentrado en construir, preservar el poder de Roma y familiarizarse con la muerte que, estoicamente no se provocó, convencido de sus obligaciones. Racionalistas, viajeros y lúcidos, Yourcenar y Adriano están juntos en el empíreo de la literatura. (O)












