Era el primer día de clases. Los pequeños, sentados en sus bancas, esperaban ansiosos a la maestra, que debía aparecer después del sonar de la campana. La recibieron, todos de pie, con un unísono buenos días. Invitados a sentarse, ella tomó una tiza y sobre el negro pizarrón empezó las vocales, una a una, a dibujar. Y ellos repitieron con ella: a, e, i, o, u. Luego, estas se fueron juntando con las consonantes y comenzaron a aparecer las primeras palabras: “mi mamá me mima”. Después, los números sucedieron a los fonemas y el coro, como por magia, entusiasmado, repetía: “Dos más dos son cuatro, cuatro más dos son seis”. Y así, aprendieron que la tierra era redonda y dibujaron el sol, con sus rayos, poniendo el color amarillo en el cuaderno, que se salía de las líneas trazadas tal vez torpemente, pero con mucho entusiasmo, con esas manitas que apenas comenzaban a tomar un lápiz entre los dedos.
Alguien dejaba caer unas lágrimas sobre el dibujo mal logrado porque, a pesar de los esfuerzos, hacer un círculo no era fácil. Entonces, venía la profesora y suavemente tomaba la mano del infante y una sonrisa borraba triunfante la tristeza del momento. Terminada la clase, los niños escapaban a los patios a disfrutar del recreo...
Esto ya es como una estampa antigua. Hoy el paisaje es diferente.
El marcador ha sustituido a la tiza y otros elementos sirven al maestro para impartir sus clases. Sin embargo, su arte para esculpir el alma de sus pupilos y formarlos, a medida que van creciendo, se sigue dando, en gran número de casos, con la misma devoción, empeño, voluntad, sacrificio, sabiduría y amor, en un dar que fluye como si fuese un río sin fin.
La responsabilidad de los maestros es inmensa, porque toma una materia bruta, como si fuese un diamante que tiene que pulir, y debe entregarlo, formado, a la patria, en una tarea que es cada día más dura y compleja, porque complejo es el ser humano. Muchos llegan ya con un fardo pesado sobre la espalda, víctimas de los problemas y de la violencia familiar que viven en sus hogares y en la sociedad y, en no pocas ocasiones, presas de las drogas.
Y el maestro también sufre sus propios quebrantos y tragedias. En los centros escolares públicos, los sueldos son bajos y, a veces, pagados con retraso; los insumos suelen ser insuficientes para impartir las clases, situación que se agrava en las zonas rurales, donde la precariedad es notoria por la ausencia de una infraestructura adecuada y la falta de lo elemental para atender a los estudiantes. Además, aún subsisten las escuelas unidocentes. Este sistema debe desaparecer porque es perjudicial tanto para los alumnos como para los profesores. No es posible que, en pleno siglo XXI, una sola persona dé clases en todos los grados. No podemos obtener un buen producto en tan malas condiciones.
Si queremos tener una educación de calidad, debiéramos de pagar bien a los maestros, darles formación constante y dotarlos de lo necesario para que puedan realizar sus actividades. Es la mejor inversión que podemos hacer. El desarrollo de un país se sustenta en dos pilares fundamentales: educación y salud. (O)










