Primero leí ocho poemas de Lydia Dávila en La voz de Eros. Dos siglos de poesía erótica de mujeres ecuatorianas, libro antologado por Sheyla Bravo, en 2006. Algunos años después vino Poesía ecuatoriana escrita por mujeres (2022), compilación hecha por el académico Gustavo Salazar, quien eligió catorce poemas. Un año después circuló el poemario completo Labios en llamas por acción de la editorial Línea Imaginaria, que llevan adelante, en Quito, los poetas Edwin Madrid y Aleyda Quevedo, y esta, en la búsqueda de la obra de la desconocida autora, encontró un ejemplar en la biblioteca de los jesuitas, que pudo reproducir para hacérnoslo conocer.
De Dávila hay pocos datos, tal vez solo conjeturas, por eso me atengo al cuidadoso prólogo con que Aleyda saluda a una hermana en la poesía, cuya vida parece robada a la historia: fue quiteña, publicó su poemario en 1935, con 52 poemas en verso libre, con aires modernistas que va superando en la medida en que desarrolla una voz propia de intensidades desusadas y actitudes desafiantes. No se sabe más de ella.
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Hasta esa fecha los grandes líricos ecuatorianos conocidos eran hombres, salvo la trágica figura de Dolores Veintimilla de Galindo, que escribió poco, sin publicar jamás un libro, y algunas otras voces femeninas de conocimiento provincial. En los años 30 la narrativa era dominante, pero los mismos escritores del realismo social habían ensayado poemas de carácter elogioso y vernacular. Jorge Carrera Andrade y Alfredo Gangotena ilustran lo que se llamó en algún momento una poesía ecuménica.
Me adentro en el poemario para aquilatar su volcamiento lírico, completamente confesional e intimista. Se trata de una hablante femenina, que se yergue con la firmeza de quien sabe quién es y qué siente: “Yo, Lydia soy la flor migratoria de unas cuantas romerías del camino…”, se encuentra con un amante de nombre exótico y desde entonces es devorada por el fuego de un amor devorador para el que va desenvolviendo una red de sugerencias audaces: “ama… con la morbosa excitación del dolor”, “bésame con la impiedad de un bohemio bandido, con el murmullo de locuras”.
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Metaforiza con elementos religiosos, como si lo intenso del sentir requiriera de los extremos de amor que brotan de lo divino: el sagrario de mis placeres, tus eucaristías de amor, “el Nazareno me dio su misma sangre, para que mi cuerpo se abrace en tus pecados”, idea que resulta herética respecto de la sagrada significación de la muerte de Cristo.
Los estudios sobre poesía nos enseñan que el siglo XX trajo una notable transformación al discurso lírico, y es fácil identificarla en la medida en que nos alejamos de los modernistas y se abren las vanguardias. Es como si leyéramos a Medardo A. Silva y pasáramos a Hugo Mayo: los versos se van despojando del sentido directo y adquieren el misterio de lo incomprensible. “Se cuela el temor, es la agonía de las parábolas escondidas”. En esta amante activa frente al amado, que tanto toma, como espera, caben la alucinación, el consumo de cocaína, el delirio; en estos poemas el cuerpo de la mujer es un instrumento de placer, un banquete que se ofrece al amado para el goce conjunto.
Si el rumor de que no existió una Lydia Dávila tuviera asidero, habría que admirar al autor o autora ocultos. (O)