Durante años, en Ecuador nos contamos una historia cómoda: el narcotráfico era un problema ajeno, confinado a puertos, cárceles y barrios “difíciles”. Algo que ocurría lejos de las urbanizaciones cerradas y de los clubes privados. La masacre ocurrida en la isla Mocolí terminó de romper esa ficción. El crimen organizado no solo llegó a la alta sociedad: hace rato vive allí.

Que sicarios hayan ingresado sin mayor dificultad a una de las zonas más exclusivas del país para ejecutar un ajuste de cuentas no es un accidente ni una rareza. Es una señal. Y es, sobre todo, una advertencia: el dinero del narcotráfico dejó de tocar la puerta; ahora se sienta a la mesa, compra propiedades, financia lujos y se camufla entre apellidos “respetables”. La pregunta incómoda no es cómo llegó el narco a estos espacios, sino por qué lo dejamos entrar. Durante años, Ecuador normalizó una cultura donde el éxito se mide casi exclusivamente en signos externos: el carro, la casa, el viaje, la foto de Instagram. Poco importa el origen del dinero mientras “no se note demasiado”. El resultado es predecible: cuando el capital ilícito encuentra sociedades materialistas, desiguales y moralmente fatigadas, no encuentra resistencia, sino oportunidades.

Las cifras ya son conocidas. Ecuador está entre los países con mayor penetración del crimen organizado en el mundo. Los homicidios se cuentan por miles cada año. Pero el problema no es solo estadístico, es cultural. El sociólogo Zygmunt Bauman advertía que en sociedades donde todo se vuelve desechable –valores, vínculos, incluso la ley–, el dinero rápido se convierte en una forma de salvación inmediata. Aunque sea una salvación falsa. Esa lógica ha calado con fuerza en los jóvenes. En un país donde la movilidad social es cada vez más difícil, donde el mérito no siempre garantiza progreso y donde la desigualdad se exhibe sin pudor, el narcotráfico ofrece algo que el Estado no ha sabido ofrecer: dinero, identidad y sentido de pertenencia. A cambio, claro, de normalizar la violencia y trivializar la vida humana.

Aquí es donde la alta sociedad deja de ser espectadora. No porque todos estén involucrados, sino porque muchos se beneficiaron indirectamente del silencio, de la indiferencia o de la ingenua creencia de que la seguridad privada y los muros altos bastaban. Pierre Bourdieu hablaba del “capital simbólico”: el prestigio que legitima. Cuando ese prestigio se compra con dinero sin preguntas, la frontera entre lo legal y lo criminal se vuelve borrosa.

Isla Mocolí no es solo el escenario de un crimen, es un espejo. Refleja una sociedad que confundió éxito con riqueza, libertad con consumo y prudencia con mirar hacia otro lado. Creímos que la violencia se quedaría fuera de la garita. Nos equivocamos.

La lección es dura pero necesaria: el narcotráfico no destruye solo desde abajo; también corroe desde arriba. Mientras no revisemos seriamente nuestras prioridades como sociedad –la desigualdad, el culto al dinero fácil, el deterioro ético–, seguiremos reaccionando con sorpresa cada vez que la violencia cruce una reja elegante.

Y lo hará. Porque ya lo está haciendo. (O)