En Ecuador abundan los debates, pero escasean los acuerdos. Mientras el país enfrenta desafíos urgentes en seguridad, empleo, educación o energía, buena parte de la discusión pública termina atrapada en una confrontación que gira alrededor de etiquetas políticas, como por ejemplo si alguien es de derecha, de izquierda, anticorreísta o correísta. El resultado es un desgaste permanente que poco contribuye a resolver los problemas reales. Además, pareciese que, pese a que se expresen soluciones ciertas, más puede el pasado del correísmo, que la franqueza de sus ideas, a tal punto, que lo cierto y adecuado en boca de sus voceros, se vuelve una idea dudosa y poco confiable.
El debate es parte esencial de la democracia, pues sin discusión de ideas no existe deliberación pública ni posibilidad de mejorar las decisiones colectivas. El problema aparece cuando el debate deja de centrarse en soluciones y se transforma en una competencia constante por definir quién pertenece a un bando y quién, al contrario. Entonces la conversación pública se reduce a clasificaciones rápidas, sospechas automáticas y respuestas previsibles. En ese escenario, las posiciones se endurecen y el país entra en una dinámica estéril donde cada propuesta es evaluada primero por su origen político y no por su utilidad. Se discute más sobre quién lo dijo que sobre si lo que se plantea puede funcionar. La reacción inmediata suele ser etiquetar, descalificar o ubicar al interlocutor en una vereda ideológica antes de analizar el contenido que propone.
Mientras tanto, los problemas estructurales siguen ahí. La inseguridad no se reduce con discusiones interminables en redes sociales. La falta de empleo formal no se soluciona con consignas ideológicas. Los desafíos en sectores estratégicos como la energía, la educación o la productividad requieren algo mucho más complejo, por ejemplo, acuerdos mínimos que permitan avanzar en políticas públicas sostenidas en el tiempo. Los países que logran progresar no son aquellos donde desaparecen las diferencias políticas. Las diferencias siempre existirán y forman parte de cualquier sociedad democrática. La diferencia está en que esas sociedades logran convertir el debate en una herramienta para construir soluciones, no en un mecanismo permanente de confrontación.
Ecuador parece haber caído en una trampa, que concierne a discutir constantemente sin avanzar lo suficiente. Cuando el debate se vuelve un espectáculo de etiquetas, el país pierde tiempo, energía y oportunidades. Y cuando todo se interpreta desde el lente de la confrontación, incluso las ideas razonables terminan atrapadas en la lógica de los bandos. Tal vez ha llegado el momento de cambiar la pregunta y de paso cambiar la oposición, pues en su boca hasta las ideas probas se vuelven inciertas. En lugar de preguntarnos quién propone una idea, deberíamos preguntarnos si esa idea ayuda o no a resolver un problema. Porque al final, un país no progresa cuando gana un bando, sino cuando logra resolver sus desafíos comunes y concentrar su energía en construir soluciones que permitan avanzar. (O)













