El bombardeo de Caracas y el súbito fin de la tiranía de Nicolás Maduro es un indicio de movimientos más grandes. Primero, reafirma que presenciamos una hegemonía norteamericana con capacidad unipolar. Basta comparar con el caso de Ucrania para observar el abismo estratégico que los separa. Mientras que medio mundo sabía que Rusia invadiría (Joe Biden lo advirtió públicamente con meses de anticipación), las potencias revisionistas aliadas de Venezuela tenían tan poca idea que horas antes del ataque arribaron diplomáticos chinos para reunirse con Maduro. Con lo que se conoce como “movimiento de pinza” en términos militares, EE. UU. se moviliza para tomar control del Caribe. Es un antiguo imperativo estratégico cristalizado por Thomas Jefferson en una carta de 1823 al presidente James Monroe diciendo: “siempre he considerado a Cuba como la adición más interesante que jamás podría hacerse a nuestro sistema de Estados”. Este es el sentido de que Donald Trump traiga a colación la “Doctrina Monroe”.

Aquí debemos pausar puesto que solo servilmente podríamos seguir entendiendo este asunto desde una perspectiva no solo foránea sino hegemónica; es preciso volver a ver las cosas desde nuestro territorio. Si bien Maduro fue sin lugar a dudas un terrible tirano, y con justicia celebran su captura, han sido claros los analistas en determinar que las llamadas “operaciones de decapitación” no resultan de por sí en cambios sistemáticos. Lo comprobamos tanto en las tácticas antiterroristas en Medio Oriente como en la lucha contra el crimen organizado en Ecuador. Con tal intervención en Venezuela, se estrecha la ventana estratégica para lograr una América libre. Por más que necesite el continente solidificarse políticamente, la imagen ahora proyectada pone a la región como mero dominio de un poder imperial. Ni siquiera la esperanza de un renovado estado de Derecho es un alivio; la diferencia entre la violencia tiránica y la violencia liberal es la eficiencia técnica. La segunda canaliza mejor la energía de las masas que la primera más tosca y errática. Pero en ningún caso se contempla la libertad o bienestar de las personas, diga lo que diga el desarrollismo.

El trato despótico pone en evidencia el valor de la región, pues posee recursos para maniobrar la revolución mundial en curso. Brasil es una potencia con diversas ventajas como sus inmensas reservas de los minerales llamados “tierras raras”, críticos para la infraestructura de la IA (inteligencia artificial). También posee litio, un elemento clave para la transición energética por la que compiten las potencias mundiales. De hecho, el 60 % de las reservas mundiales de litio se concentran en Argentina, Bolivia y Chile. Un recurso con mayor profundidad aún, que ha sido llamado un “bien público regional”, es el Amazonas. Este es un tesoro planetario, fuente no solo del 20 % del agua dulce de la Tierra, sino de una biodiversidad estratégicamente vital. Por otro lado, ya conocemos el tema del petróleo, con recientes descubrimientos que generan tensión entre Venezuela y Guyana. Trump ha sido claro en que la captura de la industria petrolera venezolana es una prioridad incluso antes de impulsar nuevas elecciones.

En nuestro mundo, los pueblos son diluidos en masas dependientes de un sistema de explotación. La oportunidad es que este se quiebra bajo presiones que sobrepasan el orden humano. La única soberanía es la que es alcanzada por las propias manos. En el caso de Venezuela, es de resaltar que su sufrimiento es su punto de apoyo más seguro. Con razón se ha dicho que solo quien arriesga la vida conquista la libertad. Mirando las cosas desde la región, tenemos precedentes estratégicos en Bolívar. Fue él quien, notando que “el movimiento del mundo lo acelera todo”, planteó una integración supranacional un año después de la declaración de Monroe en EE. UU. Nos cuestionamos si tomar consciencia de estar rodeados de amenazas nos llevará a consolidarnos de una vez por todas, encontrando nuestro centro (personal, comunitario, nacional, regional), o si se profundizará la fragmentación. (O)