Hace cincuenta años se produjo esta revolución, movimiento icónico de ese tiempo de rebeldía. Aun viéndola tan de lejos, la Revolución de los Claveles nos agita con ese fervor con el que se aspiraba nada menos que a cambiar el mundo. Portugal fue gobernado desde 1932 por António de Oliveira Salazar, un dictador fascista, es decir totalitario, nacionalista, corporativista. Distinto de los caudillos de otros países con la misma tendencia, no era un bravucón al aire de Hitler o Mussolini, ni militar como Franco, sino un economista tranquilo, preocupado por “as pequenas contas”. Nunca quiso ser jefe de Estado, atrincherado en el cargo de primer ministro. Sin embargo, ejerció el poder férreamente, no dudó en recurrir al asesinato de opositores, incluso fuera del país. Salazar murió en 1970 y su sucesor Marcelo Caetano dijo que haría cambios, pero, al final, todo quedó igual.

¿From the river to the sea?

La tranquila tiranía ocultaba graves problemas, Portugal era uno de los países más atrasados de Europa. Las fuerzas armadas portuguesas libraban una sangrienta guerra en las colonias de África contra movimientos independentistas financiados por la Unión Soviética, ayudados por miles de “asesores” cubanos. Los militares no querían seguir peleando en condiciones precarias una guerra cada vez más difícil. El 25 de abril de 1974 un movimiento de oficiales jóvenes derrocó a la dictadura. Todo ocurrió de manera pacífica, los jóvenes recibían a los soldados y a los blindados con claveles rojos, que los ponían en la boca de sus armas. Una junta de generales se hizo cargo del poder. Se restablecieron las libertades fundamentales, los partidos Socialista y Comunista fueron legalizados. Había fuertes divisiones entre los golpistas, unos querían una democracia similar a la de los países europeos, mientras que un grupo fuerte proponía profundizar la revolución e ir hacia un Estado comunista. La ubicación de Portugal, a la entrada de Europa, con estratégicas islas en el Atlántico oriental, lo convertía en una tentación para las potencias.

Balcones

La transformación tuvo la extraña denominación de Proceso Revolucionario en Curso, algo que iba a alguna parte, pero nadie sabía a dónde. Se eligió una asamblea constituyente, dominada por la izquierda, que promulgó una carta magna con fuerte tinte socialista. La transición hacia un gobierno constitucional no resultó fácil. El gobierno del general Vasco Gonçalves nacionalizó los bancos y los seguros, y permitió la independencia de las colonias de África. Hubo intentos extremistas de golpe de Estado. Pero en las primeras elecciones presidenciales, el conservador general Ramalho Eanes aplastó al candidato prosoviético. Portugal tenía hace medio siglo tasas tercermundistas como el 25 % de analfabetismo y 60 por mil de mortalidad infantil, hoy se ha convertido en una nación moderna integrada en la Unión Europea, pero permanece en la retaguardia de los países occidentales del continente. Ante la paralización y la corrupción de nueve años de gobierno socialista, en las elecciones de marzo último el electorado dio a los tibios conservadores una oportunidad, pero la fuerte votación de los liberales nacionalistas del partido Chega (¡Basta!) es una advertencia. (O)