En estos tiempos de redes sociales, en las que la información fluye instantáneamente y cubriendo temas diversos en pocos minutos, ¿a quién se le ocurre publicar una novela de más de 1.000 páginas que requiere un mes de concentración para sumergirse en una trama que no solo es larga, sino producto de la ficción autobiográfica de un escritor? Esto se le ocurrió a Jeremías Gamboa, peruano de 51 años, con su novela El principio del mundo (Alfaguara, 2025).
Lo curioso es que la segunda edición ya está agotada y es difícil encontrarla en las librerías de Lima. Fue necesario viajar a un centro comercial en las afueras de la gigantesca ciudad para conseguir el último ejemplar en el anaquel. Los temas de El principio del mundo son parecidos a los de las otras novelas de Gamboa: la dificultad de la movilidad social en el Perú, la incapacidad de asimilar la vertiente indígena en los mestizos y la dolorosa migración del interior andino hacia la absorbente capital costeña.
Los padres de Gamboa migraron a Lima desde Ayacucho a fines de los 80, dejando atrás a la ciudad que en ese momento se había convertido en el cuartel general de Sendero Luminoso y que era el foco de sangrientos enfrentamientos. Ya en Lima se ubicaron en un barrio de clase media baja, donde Jeremías fue a un colegio fiscal, desde cuya ventana podía observar las precarias viviendas de cartón y calamina, construidas en los cerros desérticos que rodean Lima. Ascendió culturalmente gracias a su desempeño académico y su afición a la literatura, hasta obtener una beca en una universidad particular en Lima. Después salió becado a la Universidad de Boulder, en Colorado (EE. UU.), para obtener una maestría en literatura. Declinando la oferta para seguir un doctorado, regresó a su humilde barrio en Lima para ser escritor.
El principio del mundo está plagada de expresiones que denotan la incapacidad de los mestizos para reconocer su vertiente indígena. Para dar un solo ejemplo sacado de las 1.000 páginas, Gamboa hace hincapié en el comentario que normalmente se ofrece como un halago: “Está muy bonito tu hijo, no parece peruano”, una variante de la cual se escucha en Ecuador: “Qué bonita la niña, no parece indígena”. Por alguna deformación colonial se concluye que lo indígena es incompatible con lo estético y en general con las virtudes, que no son monopolio de ningún grupo étnico.
Gamboa también cuenta que, en su etapa escolar, el día de foto para el anuario era siempre un gran evento, pues su madre le pedía que se lavara varias veces la cara para salir más blanco. Pero no solo eso, sino que le pedía que en el momento de la fotografía abriera bien los ojos para que no se vieran los ojos rasgados que delataban la vertiente indígena. Tan es así que en los anuarios Gamboa aparece siempre como asustado.
La última novela de Gamboa no llega a ser monumental como su número de páginas podría indicar, pero sí viene siendo una importante novela cuya influencia debería irradiar a los países de la región, que al parecer tienen los mismos problemas. El mismo Gamboa reconoce que su maestría en literatura no le enseñó a escribir, sino que más bien le mostró que la literatura es un gran instrumento para entender los problemas de un país. (O)













