El año termina marcado con una trágica realidad. Buena parte del país ha ido perdiendo, o quizá ya perdió, esos mínimos sentimientos de vergüenza, solidaridad ante la muerte y dolor ajenos. La desaparición de cuatro niños en manos de militares está por convertirse en circo. En pocas horas voceros oficiales se dedicaron a expresar un rosario de conceptos absurdos, contradictorios y banales. Los niños pasaron de ser acusados de ladrones a ser presentados como héroes casi simultáneamente. Poco después se dijo que los culpables de esta tragedia eran nada menos que los padres de estas creaturas. Otros tratan de acomodar la teoría de que los responsables de este delito son bandas criminales que están incrustadas en las Fuerzas Armadas, los de más allá sostienen que los militares en cuestión “únicamente” metieron a los chicos en una camioneta para abandonarlos en la noche fuera de la ciudad. Y que lo que les haya pasado después no es responsabilidad de ellos (de paso se busca calificar a semejante barbaridad como un simple “error”). Nadie se sorprenda de otras historias similares. Poco a poco se va construyendo una narrativa que busca trivializar la desaparición de estos menores de edad hasta convertir a esta tragedia en un simple objeto de consumo visual de pocos segundos en las redes sociales.
Lo peor es esa suerte de competencia desaforada que se ha desatado por los corifeos de un lado y del otro para echarse mutuamente la culpa de lo ocurrido en vista de las próximas elecciones. Pronto tendremos por allí los inefables encuestadores que nos dirán que la desaparición de estos niños afectará la popularidad de tal o cual candidato –eso es lo que importa–; o lo que es peor, que esta tragedia no es relevante para el “pueblo” y por lo que hablar de ella no es electoralmente rentable. Y al final, terminará que a nadie le interesa estos menores, ni la verdad de lo ocurrido, y menos abrir un diálogo nacional sobre la violencia, los derechos humanos, la seguridad jurídica, el estado de derecho y, por encima de todo, la solidaridad y la dignidad humana. Conceptos que pocos aprecian.
¿Cómo es que hemos llegado a estos niveles de salvajismo? ¿Dónde están los de los “pantalones amarrados” y “mano dura”? ¿Para eso sirven? Hemos convertido a millones de ecuatorianos, especialmente a los pobres en seres invisibles, a los que no vemos, no reconocemos ni sentimos; no nos importan si viven o mueren. Da igual. Son como el personaje de la novela de Ralph Ellison, El hombre invisible (1952), que trata sobre la vida de millones de negros estadounidenses: “Yo soy invisible, comprenda usted bien, porque la gente se niega a verme… A menudo le sucede a uno que duda de su existencia… Es devorado por la necesidad de convencerse de que existe...”. Una observación similar ya había hecho Adam Smith en su obra La teoría de los sentimientos morales (1759) sobre el proceso de invisibilización de los pobres y del sufrimiento. Simplemente nos hemos negado a ver a estos niños. Y como ellos, millones de ecuatorianos reclaman ser vistos. No ignorados. No usados como objeto de propaganda electoral, especialmente por aquellos que tienen las manos llenas de sangre y dinero mal habido. El Ecuador necesita de un profundo cambio que rescate la dignidad humana. De lo contrario nos hundimos. (O)