Escribo antes del debate presidencial esperando que las opiniones y argumentos de los dos candidatos evidencien los qué, cómo, cuándo y para qué de los temas por tratar. Nadie quiere insultos, mediocridad o evasión como respuestas.
G. Núñez se preguntaba si ha llegado el fin de las buenas personas (Ethic, 06/03/25). Esto a propósito de un reconocido y culto activista catalán que dejó ver, tras su cara bondadosa, el truhan que era, con la torpe arrogancia del “¿tú no sabes quién soy yo?”.
Y tiene razón Núñez. Pese la eterna presencia del mal en la historia, lo diferenciábamos del bien en sus formas sólidas, más allá de la moral y religión. Hasta en los cuentos para niños eran claros los roles del lobo, la bruja o Cenicienta. Hoy el mal es líquido, se derrama, se desborda, salpica, se filtra, inunda, exuda, al decir de Z. Bauman y L. Donskis. No es fácil detenerlo, lo sólido no lo afecta. No hay bloques supranacionales o fronteras que lo condensen en espacios y contenedores. Escapa a casi todo.
La maldad líquida tiene una careta de amor, pero “se mueve entre nosotros disfrazada de una presunta ausencia de alternativas. El ciudadano se convierte en consumidor, y la neutralidad de valores oculta en el fondo un mecanismo de desentendimiento”, afirman los autores.
Los sólidos van cambiando su estado a fluido, empapándose del mal; todo acto es resbaladizo en su metamorfosis; la palabra, vacía de significado; la virtud, situacional. El mundo es un campo minado y no se sabe dónde pisar firme. El relativismo moral es desvergonzado y cuando se encuentra un modelo a seguir, algún hecho oscuro lo incumbe. Porque el mal no es tan visible y se introduce en los hilos de la convivencia hasta desgarrarla. Una tarde cualquiera, un acto violento, sin lenguaje, derruye los lazos sociales, desnudando lo efímero de antiguos referentes.
¡Cómo me gustaría ver en Ecuador a gente con alternativas que haga de excepción a la regla! Quisiera pensar que el mal es transitorio, pero lo observo alojarse veloz en la cultura como bien público ante individuos despreocupados, inertes, cosificados por las redes, entretenidos en revelar su intimidad y vigilando la nuestra.
Mientras el narcisismo extremo habita a las personas y la maldad contamina hasta los rezos, mi frugal esperanza se aferra a la exigencia ciudadana de políticas claras y un sistema judicial que nos proteja de personajes y agrupaciones oscuras. Porque los límites se pierden en sus márgenes y los transgresores, tiranos modernos, cobardes sin nombre, rabiosos sin disimulo, se encarnan en la pantomima heroica del capo justiciero que oculta su falocentrismo en abyectos mensajes de unidad, sin importar mentiras, robos, estafas, intrusiones, abusos, violaciones.
Y como señala A. Przeworski sobre Trump en su Diary del 9 de marzo (post G. Munck), “la situación es demasiado peligrosa como para que nos dejemos distraer por la indignación moral (…)”. Por eso no podemos perder la lucidez frente a los signos de la ira y la violencia que, cual deslaves, destrozan caminos y destinos a su paso. La acción de votar racionalmente nos conmina hoy más que nunca. (O)