¿En qué momento un autor deja de ser el dueño de su secreto para convertirse en el rehén de un libro impreso? La escritura funciona como un organismo vivo, escurridizo, y no como un producto terminado. La verdadera aventura puede ocurrir en el prodigioso espacio que media entre escritura y su impresión definitiva. En la breve novela La vida nueva (2007), reeditada el 2024 por la editorial limeña Personaje Secundario, César Aira no solo narra una demora editorial; construye una dinámica del retraso que redefine la identidad de quien escribe a lo largo de décadas de silencio. El joven narrador, un trasunto del propio Aira a los veinte años, y con el mismo apellido, entrega su obra al editor Horacio Achával, que aunque trabaja en una gran editorial, la que no va publicar el libro, decide asumirlo para su sello editorial personal, Achával Solo. La fecha de publicación se fija, con una ligereza casi poética, en tres meses. Pero en la cosmogonía de Aira, el tiempo no es una línea recta, sino un material maleable que se expande bajo la presión de la materia y las neurosis de quienes manipulan el mundo editorial. Lo que sigue es un inventario minucioso y delirante en el que el escritor habla con el editor, quien le informa en cada nueva llamada, sin turbarse, que su libro está maquetado, que está en imprenta, que está por salir, o que está por llegar. Cada llamada revela intervalos de uno, dos, cuatro y siete años entre cada tentativa, sumando finalmente una cifra que supera la veintena de años, en una deriva de la línea fantástica a la que nos tiene acostumbrados el mejor Aira.

Si analizamos el procedimiento, observamos la construcción de dos realidades que corren en paralelo a velocidades incompatibles. Por un lado, el tiempo lento del editor Achával. Es la resistencia de lo real, donde la escasez del papel o el deterioro de la maquinaria artesanal actúan como un lastre insalvable. En este marco, el editor Achával no es un gestor, sino un sujeto supeditado a un entorno técnico que desdibuja la duración temporal del escritor. Por otro lado, corre el tiempo del autor, quien intuye que la promesa original es una quimera, y por su propia distracción y evolución, se distancia del objeto. El libro escrito es un león muerto, como dijo Hemingway. Esta decisión no es un acto de rendición, sino de supervivencia intelectual. El autor ha recorrido una distancia mental irreversible y ha mudado secretamente de piel. El libro inédito, sin embargo, permanece congelado, como un insecto en ámbar, esperando salir a la luz. Tras un segundo intervalo de otros siete años marcados por accidentes domésticos y mudanzas forzosas de la editorial, el retraso ya no es una anécdota, sino una categoría del ser. El tiempo ha dejado de ser una medida para convertirse en una distancia geológica. La suma de estos periodos termina por sepultar la urgencia inicial bajo el peso de veinte años de postergación. El manuscrito, entregado por un joven de veinte años, llega a la madurez del autor sin haber visto la luz. La expresión “salir a la luz” tiene varias resonancias respecto al lenguaje, y de hecho el procedimiento de esta novela deja mucho en la sombra, como el tema que trata la novela en prensa, o el entorno vital del escritor, que en su larga espera sale de su entorno familiar, se casa y se dedica a negocios de los que no se dice nada. El vacío ficcional y las elipsis mortales funcionan a la perfección para no perder la construcción de un discurso ininterrumpido que hila ideas no distraídas por un retrato de la realidad.

Esta disociación es fundamental para entender que no se trata de una queja contra la ineficiencia del editor, sino de considerar la espera como un perverso e inverosímil mecanismo de preservación. El retraso editorial actúa aquí como una dilatación del tiempo que permite al escritor no quedar petrificado en su propia precocidad. Si el libro se hubiera publicado con la puntualidad de un trámite administrativo, el autor habría quedado fijado a esa imagen, convertido en una estatua de sus propias limitaciones de juventud. Al postergarse durante dos décadas, el libro inédito le regala al autor el derecho a la transformación constante. El libro se vuelve invisible, pierde consistencia esa escritura, para que el autor tenga una vida real, o mejor dicha, abierta a todos los posibles libros que podría escribir sin el lastre de un libro fundacional. El libro dejó de ser un principio para convertirse en un horizonte que se aleja eternamente. El objeto físico se vuelve innecesario porque el acto de escribir ya ha cumplido su función: la de inventar un presente continuo que ignora el tiempo rígido del calendario. La paradoja que Aira plantea es devastadora y lúcida: la literatura sobrevive gracias a la imposibilidad de coincidencia entre el autor y su obra terminada. La vida nueva es la fuga permanente que cumple el personaje.

La “vida nueva” que da título al libro es, precisamente, la que se inaugura en el intersticio de esa espera de veinte años. Es la comprensión de que el saber del escritor es un proceso de constante huida de sí mismo. En la derrota del editor para cumplir su palabra, en esos intervalos de siete años que desmoronan cualquier plan de carrera literaria, el autor encuentra su mayor victoria: la de no ser nunca el que fue ayer. Al final, lo que queda no es el papel impreso, sino la constancia de una mirada que ha aprendido a vivir en la inminencia, comprendiendo que el arte y la literatura, su lenguaje, es, antes que nada, un salto mortal hacia lo que todavía no ha sido capturado y que no quiere detenerse en un hito inamovible. Aira sugiere que un libro que tarda veinte años en no salir es, quizás, el único libro que realmente vale la pena haber escrito. (O)