La semana que está por empezar será quizás la más dura de los tiempos democráticos recientes, al ser la definitiva para los candidatos que en segunda vuelta se disputan la Presidencia de la República y que al momento parecen estar absolutamente empatados en las preferencias electorales.
Y digo más dura no pensando en el desgaste físico y proselitista de los protagonistas de la tarima, que sin duda acelerarán hasta el cierre, el próximo jueves 10 de abril, sino en las afectaciones que podría tener ese bien tan preciado por las sociedades civilizadas, en el que se fundamentan las acciones o decisiones y al que se atribuye todo lo bueno o todo lo malo del entorno: la verdad.
Aunque parezca una quimera por aquello de que en la guerra (y hay quienes asumen la campaña proselitista como tal) todo es válido, el ciudadano de a pie, el que suspende al menos momentáneamente su descanso dominical para ir a las urnas, sigue guardando en su fuero más íntimo su esperanza de estar apoyando con el voto algo que se va a cumplir, para su beneficio particular, posiblemente, y algunos también pensando en el bien general. Es entonces cuando la verdad, o sus aproximaciones, entran en juego, sea para reafirmar un acto de fe tantas veces vilipendiado, como es el voto positivo o, en algunos casos, para ponerse al margen de la decisión, con el nulo o el blanco.
¿Qué es la verdad en el ámbito de lo político? ¿Será acaso todo aquello que sale de la boca del candidato o la candidata, así, sin beneficio de inventario y solo creíble porque él o ella lo dicen? ¿O aquello que aparenta una buena foto, amistosa y esperanzadora, con quien podría, en ambos casos, aportar para que esa verdad se concrete? ¿Será lo que queremos escuchar, endulzando los oídos, o lo que debemos saber por duro que suene?
Lo cierto es que la semana que empieza significará un fuerte reto para que esa verdad intente atravesarla sin mancharse. Más aún cuando ahora existen infinidad de armas tecnológicas capaces de transformar cualquier realidad, hacer parecer como real algo creado en la virtualidad y hacerle decir a usted todo lo contrario de lo que quiso decir, con el mismo tono y gestos.
Si algo es deseable a estas alturas de la campaña, y sobre todo si los estrategas que están detrás de ellas tienen conciencia social, hago un llamado para que se valore la verdad, lo razonable, lo lógico y que no se coloque al elector al filo de la cornisa para definir un triunfo de uno y otra. Quizás este pedido también sea quimérico, absurdo para quienes diseñan una candidatura como un champú que tienen que vender, pero en los momentos aciagos que atraviesa el Ecuador, es menester una dosis de coherencia, con el uso adecuado de herramientas digitales, las que más impacto pueden tener en quienes aún ahora no han decidido su voto y son fieles devotos de las redes sociales.
Mirémonos en el espejo de Brasil, donde las fake news electorales recientes motivaron hasta bloqueos de esas redes; o el mismo brexit, del Reino Unido, donde hubo clara injerencia digital a favor de una de las posturas. Que no tengamos que lamentar luego los efectos de ese champú mal escogido.(O)