Cuando se trata de exponer la complejidad de la condición humana, la aproximación que proviene de los espacios de la literatura y del arte es siempre profunda porque aborda esencias que son aprehensibles de mejor forma desde la descripción amplia de la narrativa, la poesía, la plástica, el teatro, la danza o la música. Nos conmueven obras literarias, cuadros, esculturas, piezas de teatro o composiciones musicales que llegan a lo más íntimo de nuestra sensibilidad porque se conectan con ella directamente, sin necesidad de los requiebros intelectuales y teóricos que pueden provenir de las ciencias sociales. Así, desde este enfoque, el Guernica de Picasso nos dice más y más directamente que lo que se haya escrito respecto a esa masacre. O los cuadros de Daumier sobre los abogados y la justicia, representan con dramatismo único la decadencia de los funcionarios de los sistemas jurisdiccionales. O el Réquiem de Verdi nos conecta con la magnificencia de la fe, de manera más contundente que un texto teológico.

Lo mismo sucede con el tema de la condición anímica de quienes están recluidos en prisiones. Muchos trabajos de investigación tratan la cuestión realizando aportes importantes para comprender esa realidad, sin embargo, el enfoque literario de la genialidad de Dostoievski en su novela El sepulcro de los vivos es insustituible, pues describe esencias que no requieren, para ser aprehendidas, cumplir exigencias académicas como son los formatos obligatorios para publicar, puesto que la aproximación de los escritores está basada en la libertad y el uso discrecionalidad del lenguaje para narrar situaciones de la vida.

Con El sepulcro de los vivos, sentimos el drama de la pérdida de la libertad y la adaptación humana a condiciones precarias y de dolor que conllevan envilecimiento extremo y modos de vida adaptados a esa miseria espantosa.

En nuestro caso, nuestras prisiones son tan sórdidas que la decapitación, mutilación, violación, asesinato y otras manifestaciones del desvarío se han naturalizado en esos espacios de ignominia extrema. Y nosotros afuera solo oímos, nos indignamos discursivamente y mascullamos nuestra impotencia frente a esa lacra social inconfesable pero clara y evidente para todos, no solamente para nosotros sino para el mundo, que nos ve a través de esa manifestación que nos involucra y nos define.

Y nos enredamos tanto para encontrar soluciones a este dolor. Lo jurídico, lo político, los intereses en juego, los criterios de los ilustrados, forman parte de un escenario en el cual la descripción de lo que no se puede hacer se impone para justificar la inacción pese a los cientos de muertos, a las cabezas rodantes pateadas por quienes ya no tienen dignidad ni nada que perder y a las máculas de sangre que manchan esos espacios y también a nosotros. El tratamiento adecuado para resolver esta barbaridad innombrable tenía y tiene que venir de la institucionalidad responsable de este tema, de los poderes del Estado. Ellos deben hacer lo necesario para superar esta situación insostenible, porque lo que se ha hecho hasta ahora es insuficiente, nos avergüenza y mancilla como sociedad. (O)