Stephen M. Walt, de la Universidad de Harvard, publicó un artículo en la revista Foreign Affairs (marzo-abril de 2026), en el cual señala que Donald Trump ha sido descrito como realista, nacionalista, imperialista, aislacionista e incluso como un mercantilista de viejo cuño; sin embargo, sostiene que todos estos calificativos se subsumen en la gran estrategia de su segundo mandato como un “hegemón depredador”.
Su objetivo central es utilizar la posición privilegiada de Washington para extraer concesiones, tributos y hasta manifestaciones protocolares de deferencia tanto de aliados como de adversarios, con el fin de obtener beneficios a corto plazo en lo que se califica como un juego de “suma cero”, es decir, uno gana y el otro necesariamente pierde.
La era posterior a la Segunda Guerra Mundial, que dio lugar a un sistema basado en reglas y comportamientos centrados en el derecho internacional, ha terminado. Estamos sentados sobre miles de acuerdos que han contribuido a resolver numerosos conflictos existentes entre países, pero que fenecen bajo el imperio de la fuerza.
La polarización interna en los EE. UU., según muchos analistas, ha significado, tanto la atomización del partido Republicano y su advenimiento en el movimiento MAGA (Make America Great Again), como la implosión del Partido Demócrata, lo que ha supuesto cruzar la línea roja del institucionalismo hacia el autoritarismo.
En un reciente viaje a Washington pude constatar que existe un estado de conmoción interna. No hay explicaciones que puedan sustentar el fin de la democracia liberal en tan corto tiempo. Parece que las nuevas generaciones, que nunca vivieron la confrontación mundial, han decidido que el bienestar es su principal objetivo y optan por abandonar la civilidad de la democracia a favor de un sistema inspirado en el predominio del poderoso sobre la igualdad de todos.
Para otros autores es una administración de carácter transaccional, que no mira los principios y la ética, sino el comportamiento basado en intereses económicos sin límites. “Yo soy dueño de la bola y juego con los que me obedecen sin quejarse” podría ser un lema ilustrativo de esta visión.
La mitad del mundo vive en condiciones de pobreza y hambre, en medio de más de un centenar de conflictos que diariamente provocan muerte, no solo por los problemas que les trajo el colonialismo y la explotación, sino también por la incapacidad de manejar la cosa pública y la corrupción reinante, desde las altas hasta las bajas esferas de la sociedad.
No es que no haya pobreza en Estados Unidos, ciertamente la hay, sino que falta una visión de conjunto en la que el bien común prevalezca. El lema de “cada uno por su lado” es el imperativo categórico del capitalismo a ultranza.
Vivimos en tiempos de incertidumbre, en los que la aplicación del poder es la lógica que manda y no la estrategia pensada. La prestigiosa revista The Economist titula su edición de marzo “Una guerra sin estrategia”, en alusión a un escenario en el que primero se dispara y luego se evalúan las consecuencias.
Así, países como el nuestro enfrentan un gran desafío para su propia existencia como naciones democráticas. (O)









