La misma noche del estreno, en Netflix, de la película de Alejandro Amenábar sobre la novela intercalada en la I parte de Don Quijote de la Mancha, que se conoce bajo el nombre de esta columna, la consumí, empujada por mi pasión cervantina. Siempre dudo a la hora de ver en imágenes lo que he admirado en palabras, por el traspaso de lenguajes y la intervención de una segunda conciencia creadora. Estoy contenta con los resultados de ese gran cineasta, que es también quien creó una inolvidable Hipatia de Alejandría.

Como todo lector del Quijote sabe, la I parte tiene varias unidades narrativas que podrían publicarse independientemente y que se nombran precisamente con el sentido que tuvo para el autor la palabra novela: por eso sus doce relatos breves se llaman Novelas ejemplares. Sin afectar la visión total de los 52 capítulos, Cervantes convierte a algunos personajes en narradores cuando coinciden en una venta o posada del camino y cuentan su particular aventura a los compañeros de una noche de descanso. Así, llega una pareja con vestiduras moras, que viaja al interior de Castilla, escapando de Argel. Es tan copiosa la historia que don Ruy Pérez de Viedma narra que ocupa tres capítulos. Hay que saber que aquí recoge el autor mucho de su propia experiencia de prisionero de los moros durante cinco años.

El cineasta toma ese núcleo y opera el milagro del cine: con la pátina ocre propia de las películas históricas abre dos posibilidades: la de Cervantes, prisionero en Argel, esperando su rescate traducido en doblones de oro, y la del personaje del relato de cautiverio, que su imaginación está concibiendo y que cuenta oralmente a sus compañeros, para distraerlos de los rigores de la prisión. En la primera, asistimos a una interpretación, por cierto, esgrimida por algunos biógrafos, de que el joven prisionero atrajo la atención del bajá Hasán, como contador de historias, tanto que, a pesar de haber intentado varias escapatorias, le perdonó la vida. El director ha testimoniado que las razones son de su libre ficción.

La segunda posibilidad es la apegada al texto cervantino, donde una doncella mora, pero cristianizada por su nodriza, mira prisioneros desde una ventana, se enamora del español y lo ayuda a huir, dándole dinero y embarcándose con él en la nave que los sacará del territorio de los árabes. Tanto escapan que esa es la pareja que llega a la venta y se cierra –en la novela, no en la película– la historia del cautivo.

La película tiene otras maravillas: unos guiños al texto que todavía Cervantes está lejos de escribir –la pareja de españoles que actúa como mediadora de los rescates es una perfecta réplica de don Quijote y Sancho; durante las caminatas por las calles de la ciudad que el prisionero puede hacer como premio a sus relatos ve una cadena de galeotes; los molinos de viento que observa a su regreso–, el ambiente híbrido de ese punto de caminos que es Argel donde conviven visiones de la vida, pese al islamismo de los dominantes, y se bebe aguardiente y se prueban los “pequeños placeres”, leitmotiv en palabras del bajá y Miguel. Los prisioneros se venden al mejor postor. Un informe a la Inquisición podría costarle la vida a cualquiera. La escritura justifica luchar por sobrevivir. De todo hay en esta película sobre lo que pudo ser. (O)