“En un mueble, que también tuve que forzar, encontré botellas de agua vacías, excepto una. Al lado de la cama, sobre una mesa de luz con una lámpara rota, había un cuaderno con anotaciones. En las primeras páginas la letra era medida, respetaba las líneas, las palabras escritas eran mesuradas, con preocupación, ‘¿cuánto puede llover un día?’, ‘incendios y sequías’, ‘cambios abruptos de temperatura’, ‘las ballenas se mueren, encontraron 30 en la costa del sur’, pero después el cuaderno era pura rabia, palabras sueltas como ‘caos’, ‘catástrofe’, ‘apagón mundial’, ‘fin de la humanidad’, ‘¿qué hicimos con nuestro mundo?’ escritas con mayúscula y tinta roja repasadas una y otra vez, como si repasarlas… hiciera que la situación cambiara y que el mundo volvería a ser habitable…”.
He tomado prestado un párrafo de la novela distópica de Agustina Bazterrica (Las indignas), publicada hace pocos años, y que su narrativa corresponde a un escenario posapocalíptico. Cuando lo leí pensé, o quien sabe si solo lo deseé, que seguramente aquella historia estaría muy lejos de nuestra era o de mis descendientes cercanos. Pero entre la normativa legal insuficiente para cuidar nuestra vida que brota de los páramos y los lanzamientos de misiles de Estados Unidos e Israel a Irán porque estos, a su vez, atacan destacamentos estadounidenses en Qatar y otros lugares, me pregunto, al igual que la citada autora argentina, “¿qué estamos haciendo con nuestro mundo?”.
La vida y la dicha de estar vivos gira alrededor de las satisfacciones de poder y dinero, inmediatas y a corto plazo. La sociedad, en su mayoría, está secuestrada por la imposición de tener más y más, poder y dinero, exhibiendo razones que fomentan un estilo de vida hueco, vacío de interconectividad con nuestros semejantes y la creación.
El poder dejó de ser útil para servir, hoy es una herramienta de obtener dinero y, con ello, contar con más poder sobre los demás, para venganzas o satisfacciones personales. Diría yo, invocando la Cuaresma que estamos atravesando los cristianos en esta época del año, los pueblos perdidos en este desierto, de la modernidad e imagen, donde deberíamos aprovechar lo que ofrece como por ejemplo la reflexión personal para vivir en mayor dicha, se ha convertido en un altar donde se rinde idolatría al becerro de oro del siglo XXI: tener más para aparentar más. Justificándolo así, se rompen las cuevas para sacar oro, infectan los ríos sin importar secar el planeta y lanzar bombas por todos lados, para demostrar que el más fuerte manda y dispone.
¿Y la democracia, diálogo, el respeto a la diversidad, el debate técnico, la solidaridad, la empatía, el altar universal que es la naturaleza y el amor… ¿qué hicimos con todo ello?
A mis lectores, cristianos o no, les deseo una Cuaresma fértil y sabia, que podamos distinguir dónde está el camino para construir ese mundo para el cual fuimos creados.
Todos tenemos desiertos y seguramente más de tres veces hemos sido tentados; sin embargo, lo que embellece al desierto, dijo el Principito, es que esconde un pozo en cualquier parte. (O)











