Parece natural que la inteligencia –cuyo mejor logro es que el individuo que la tenga sea consciente de ella–, bien vivida y bien paseada, produzca unos tintes de vanidad que se deslizan en miradas y discursos. Lo que para algunos podría lucir autoexaltación, otros lo verían como esa firmeza que acusan los que caminan hacia legítimos objetivos determinados. El conocimiento de sí mismo se balancea en un péndulo de confianza y curiosidad, que impele a mirar siempre adelante.

Pese a todo esto, hay personas que dan signos de exceso de amor propio: se ponen en la primera fila, aspiran a salir en las fotos de los eventos y agregan su título académico a la firma que legaliza sus documentos. Las biografías no dejan afuera estas facetas: Lord Byron ingresaba al final de las fiestas para ser más notorio y Oscar Wilde dijo, cuando agradeció al público estadounidense que lo aplaudió luego de una presentación: “Yo los felicito a ustedes porque han demostrado tan buen gusto”.

‘La última morada de Atahualpa’

Como he saludado a famosos escritores que he recibido en la Feria de Libro de Guayaquil, he podido apreciar vanidad o modestia. La mayoría, gente sencilla y diáfana, dispuesta a celebrar cualquier gesto de simpatía o admiración de parte de sus lectores, ha sido capaz de memorizar el nombre del chofer para el trato directo o precisar un recuerdo o una alusión. El año pasado, Javier Moro me oyó con mucha atención cuando mencioné el resquemor guayaquileño a la figura de Simón Bolívar, el héroe sobre el cual estaba escribiendo. Claudia Piñeiro me responde a cualquier cruce de textos por la plataforma X.

También sé de aquellos autores que no soportan que se les anote debilidades en el estilo –siempre los culpables son los correctores–; hubo alguno que hace años me citó para explicarme que yo estaba equivocada en un reparo que por escrito le había hecho. Y como por mi oficio de crítica no soy de aquellos que “corrigen en privado”, mis objeciones han enfriado ciertos tratos. Con un autor sufrí un distanciamiento de años por intercambios públicos de opiniones, trato que felizmente recuperé cuando él ganó en edad (y en serenidad).

Leer y después escribir

Esta reflexión viene a cuento de los desbordes de hoy, más que nada de personajes del campo político. Cómo se han agudizado las altisonancias entre quienes se sustentan en los votos para extraer egos gigantescos que no sufren vergüenza por hojas de vida turbias ni destrozo del idioma cuando hablan; esos que dicen cualquier cosa a la hora de que un periodista les pone un micrófono a la boca, como si las palabras fueran dirigidas a soberanos tontos.

Las redes sociales son el mejor invento para las personalidades exhibicionistas: les dan vitrina gratuita a conductas espontáneas –cuánto exabrupto a costa de los furores circunstanciales– hasta a las del lucimiento de modas, objetos de marca, comidas, viajes. Muchos creen que es mejor que hablen mal de ellos a que no los observen; otros aspiran al “minuto de gloria”, ese hecho, aunque sea escandaloso, que ponga a las mayorías a enfocarlos y a bucear en chismes. Entonces se produce ese periodismo que se sustenta en “darle al pueblo lo que quiere”, es decir, aconteceres llamativos, intimistas o que generen “noticia”. Antes se esperaba a que el nombre propio saliera “en letra de molde”. Y los egos saltaban de gozo. (O)