Con la sobriedad que lo caracteriza anunció su retiro de Televistazo al cabo de 56 años. Al despedirse, visiblemente emocionado por lo que supone el fin de una larga carrera, estuvo a punto de quebrarse llevando al límite su compostura. Haciendo acopio de fuerzas, consiguió contener las lágrimas que dejó entrever en sus ojos claros.

No cabe la menor duda de que fue una decisión largamente pensada, que cierra el ciclo del presentador de televisión y periodista con el récord Guinness de permanencia como anchor o ancla en un programa noticioso en horario estelar.

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Escogió para su adiós el feriado de Semana Santa, cuando la mayor parte de sus compatriotas estaban en casa con sus familias, retenidos por las copiosas lluvias y los temores por la inseguridad en las calles. Curiosamente, coincidió con el Jueves Santo, día especial de la liturgia cristiana que encierra el simbolismo del culmen de una vida dedicada a los demás. Aunque muchos no se lo planteen, el periodismo es una forma de apostolado, de servicio a la comunidad.

Conocí a Alfonso Espinosa de los Monteros Rueda el 1 de mayo de 1976, precisamente el Día del Trabajo. Me iniciaba como novel reportero de Televistazo y siendo él director de Noticias, un cargo que desempeñó de forma recurrente siendo al mismo tiempo presentador, me acompañó a grabar mi primera historia en el parque Seminario a propósito de la colocación de los primeros parquímetros de monedero por parte del Municipio de Guayaquil. Eran tiempos de la dictadura militar cuando se daban los primeros pasos para el retorno al orden constitucional.

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Desde entonces trabamos una amistad que se ha mantenido en el tiempo, sin la necesidad de una frecuentación que se conserva de forma ocasional. La última vez que lo vi y conversamos con motivo de un justo homenaje que recibió en el Puerto Principal, reflexionó sobre la satisfacción de haber cumplido la misión de su vida como un –el, digo yo– periodista referente de la televisión nacional.

Su sencillez y bondad lo convierten en una persona muy accesible, sin barreras de edad, condición económica y social, género, etc. Después de un primer encuentro uno tiene la impresión de haberlo conocido toda la vida. Es un hombre de humor y sonrisa fácil. Desde luego, un gran conversador, con un inagotable repertorio de anécdotas que es un activo de la profesión.

Como el querido y recordado colega de Ecuavisa Alberto Borges lo llamaba con cariño Alfonsito, yo comencé a hacer lo propio. Y continúo llamándolo así, al igual que otros cercanos, como una manifestación de apego.

Necesario anotar que en su carrera siempre estuvo acompañado fielmente de su entrañable amigo Xavier Alvarado Roca, promotor del antiguo Canal 2 de Guayaquil, fundado en 1967. Han sido una especie de tándem en el manejo de la política editorial e informativa del medio de comunicación que es considerado como la mejor escuela de formación periodística de la TV ecuatoriana.

Cuando se cierra un ciclo, aun a los 81 años, se abre otro. Y aunque pueda haber escépticos, Don Alfonso está por brindarnos su mejor versión. (O)