Desde siempre he escuchado la frase “Divide y vencerás”. Una máxima nacida en los inicios de la estrategia militar. Atribuida a figuras como Julio César y Napoleón, su propósito era claro: fragmentar al enemigo para debilitarlo y garantizar el control. En los campos de batalla y las luchas de poder, esta táctica resultaba eficaz.
Durante el Imperio romano, Julio César utilizó la estrategia de divide et impera al conquistar la Galia. Aprovechó rivalidades entre las tribus galas, fomentó disputas internas para debilitarlas antes de atacarlas. Al principio, algunas tribus creyeron que podrían preservar su poder local bajo el dominio romano. Pero una vez que Julio César consolidó su control, estas alianzas quedaron obsoletas. La Galia terminó sometida al imperio, sus líderes eliminados o subyugados, y su población enfrentó siglos de opresión y explotación.
Se sabe quién ganará las elecciones
Esta práctica trascendió del ámbito militar y es un recurso habitual en la política. Muchos líderes han adoptado la estrategia de dividir a sus pueblos no para protegerlos ni fortalecerlos, sino para perpetuarse en el poder. Y el precio que se paga es alto: una sociedad rota, incapaz de dialogar, y un tejido social sumiso.
Es una táctica insidiosa. Fragmenta a ricos y pobres, a jóvenes y mayores, a regiones y clases, e incluso a las familias. Los políticos prometen milagros: dar dinero a quienes no tienen, construir obras faraónicas o cambiarlo todo de la noche a la mañana. Pero la realidad es otra: gran parte de esas promesas nunca se concretan, y en ese sistema el pobre solo seguirá siendo pobre.
En los tiempos actuales, esta estrategia se ha desvirtuado aún más. Se aplica no contra un enemigo externo, sino contra los propios ciudadanos. Gobernantes que llegan al poder con soberbia olvidan lo esencial: la política es el arte de servir, de construir, de crear alianzas y de inspirar. En cambio, eligen la vía fácil, pero destructiva: polarizar. ¿Por qué lo hacen? Porque fracturar es un atajo. Es más sencillo fomentar divisiones que enfrentar los verdaderos retos del liderazgo: guiar, persuadir y sumar incluso a quienes piensan diferente. Alimentar el “ellos contra nosotros” permite victorias fugaces, pero deja naciones rotas y con heridas que tardan generaciones en sanar.
En tiempos de crisis, esta práctica se vuelve aún más peligrosa. Las dificultades que enfrentan nuestros países no pueden resolverse desde una única perspectiva. Son sistémicas y afectan a las grandes mayorías. Las crisis no distinguen colores políticos; sus soluciones tampoco deberían hacerlo.
Para superarlas, necesitamos sumar a todos, buscando algo que muchos políticos han obviado: la cooperación social. La única vía para que un problema deje de ser de uno y se vuelva una tarea de todos: ciudadanos, empresarios, académicos, trabajadores y políticos.
El “divide y vencerás” no es un principio de estrategia política; es un reflejo de la incapacidad de orientar y contagiar. La verdadera política no necesita dividir; necesita unión. No aquel que impone ni fragmenta, sino el que invita y dispone a actuar con objetivos claros y comunes.
Un buen plan, liderazgo y cooperación social es la fórmula que debe emprenderse. Nada menos. (O)