Presto al profesor A. Przeworski el título de mi texto porque, más allá de que W. Churchill expresara en 1947 que la democracia es la peor forma de gobierno con excepción de todas las demás, ¿está el mundo satisfecho con ella? Según el Pew Research Center (2024), en una muestra de 26 países, Singapur alcanza el 80 % de satisfacción; mientras que Perú el 21 %.
Interesante, entonces, la distinción de Przeworski sobre democracia: 1) método para procesar conflictos sociales (minimalista), y 2) encarnación de valores, ideales e intereses distintos (maximalista). Como método, se precisa una “maquinaria electoral neutra, estabilidad, predictibilidad y publicidad de un régimen legal que habitualmente llamamos estado de derecho”. Desde lo maximalista, los valores superiores encarnados que garantizan libertad de expresión y conciencia, participación, equidad, no siempre son compartidos. A más valores, más conflictos, ya que no hay “pueblo en singular”.
Przeworski analiza si defendemos los valores atribuidos a la democracia, o es a esta como tal. ¿Una política homofóbica es democrática si es aprobada por mayoría? ¿Quién decide? Ahí los jueces son sus guardianes, en sentido minimalista. Pero ¿qué pasa si se apela al constitucionalismo, a base de los valores que la democracia no implementa? ¿Si las cortes guardan silencio? O, digo, ¿si la gente elige mesías, embriones de dictadores?
Noboa puede hacer campaña sin dejar la Presidencia
¿Cómo mejorar las instituciones representativas, como él plantea, en un país decadente, remendado con harapos populistas?, pregunto. Porque, ¿importa que seamos un Estado constitucional de derechos y justicia, democrático, soberano, independiente, unitario, intercultural, plurinacional y laico, que se gobierna de manera descentralizada y que la soberanía radica en el pueblo, etc., etc.?
El jurista R. Gargarella anota que el constitucionalismo y la democracia están en tensión si no hay consenso entre lo sustantivo, lo de fondo, y los órganos judiciales, que implican lo procedimental y el control de las decisiones. Lo ilustra con el fútbol: los jugadores son la sustancia, los resultados que marcan; y el árbitro, lo procedimental, permite “que el juego se juegue”.
Gargarella sostiene que la democracia parece hoy un llamado a elecciones periódicas. Necesitamos una democracia más fuerte y un poder judicial más vigilante: “En sistemas desiguales y con concentración de autoridad, todas las estructuras de poder tienden a ser colonizadas por una minoría”.
Para el jurista, la erosión democrática no es igual a los golpes de Estado. Hoy son miles de golpes contra el sistema de controles; y hay crisis de representación ligada a una estructura constitucional que invoca a la voluntad ciudadana, pero desconectada de ella: “¿dónde está el We, the people”?
¿Eso queremos, ecuatorianos? ¿Ser fichas de un montaje de democracia? Llamo a la sensatez de los actores políticos, los de antes y los nuevos; a la sociedad civil, a gremios y academia. Si aman a este país, como pregonan, ¡ubíquense en sus roles y concéntrense en sacarlo adelante! Debatan, argumenten, razonen, entiéndanse. Nos tienen con calambres cerebrales y el corazón hecho añicos. (O)