Ya son demasiados años en que el país está enredado en la democracia electoral. Refundaciones, asambleas constituyentes, consultas populares, elecciones de toda suerte de personajes, propaganda, literatura barata, discursos, tensiones, difamaciones, caudillos que peroran, aspirantes a políticos que ensayan sus carreras, analistas que teorizan, entrevistadores que especulan. Y una sociedad ausente, o mediatizada, o miedosa, o indiferente.

Los desafíos

Ya son muchos años de dominio de una “cultura” marcada por elecciones, asonadas, corrupción, turbulencias y temores. Ya son demasiados años durante los cuales ha predominado la venta de fórmulas mágicas de salvación, de socialismos que niegan las evidencias históricas, de visiones mediatizadas por los intereses de tantos sabios que nos agobian con su soberbia y su arrogancia.

Y va de nuevo...

Me pregunto si la democracia tiene solo una faceta electoral, si todo se agota en votar, si las campañas y los cientos de candidaturas son la última verdad. Si el Estado de derecho es solo una frase sin sustancia, si la responsabilidad del Estado es enunciado y nada más, si la ley sirve para cumplirla o para torcerla, o para cambiarla cuando conviene. Me pregunto si es posible creer, de verdad, en el país, o si nuestro país es apenas una hipótesis, o si es espacio ajeno, de propiedad de los políticos que se disputan su dominio, su monopolio, o si es apenas una palabra para justificar el interminable ejercicio de la ambición de poder.

¿Somos ciudadanos o consumidores de propaganda? ¿Ejercemos la soberanía o miramos el espectáculo y toleramos el disparate de tantos candidatos? ¿Vivimos para soportar campañas y administrar los temores que cada evento suscita, o vivimos para llegar a la plenitud personal con nuestro esfuerzo y en ejercicio de nuestra libertad?

Tendremos dos meses de campaña, ardua, angustiosa. Proliferarán las denuncias, las ofertas de salvación, entrará en entredicho nuestro porvenir, nuestras esperanzas. Y no habrá tiempo de pensar si esto es la democracia, o si, además, la democracia es la posibilidad de tener certezas mínimas, de apostar a un poco de paz y a que nos dejen trabajar sin el agobio de tanta especulación, de tanto discurso y populismo, de tanto redentor y tanta desvergüenza.

No. La democracia no puede ser solamente esto. Debe ser algo más noble, menos precario. Debe ser un método donde, pese a todo, se pueda aspirar a la grandeza, a la honradez, y se pueda prescindir del odio, del puño cerrado, del grito, la amenaza y la mentira. En el que se pueda discrepar, en que existan adversarios y no enemigos, y algo de confianza y no tanto miedo. Democracia que, como alguien dijo, sea una conversación interminable, un horizonte con posibilidades, sin vislumbre de incendios.

Democracia que no sea asunto solamente de contar votos y hacer cálculos, que sea además un espacio para pensar y decidir sin presiones ni medias verdades. Una democracia que haga posible la construcción de una república, y de un espacio para vivir en libertad, con confianza e ilusión. ¿Será posible esa democracia? (O)