México demostró que el narcotráfico no derrota al Estado en combate frontal; lo penetra. Organizaciones como el cártel Jalisco Nueva Generación no crecieron solo por su capacidad de fuego, sino por su habilidad de infiltración. No sustituyeron instituciones: aprendieron a convivir dentro de ellas. Ecuador enfrenta hoy ese mismo dilema histórico.

La respuesta usual ha sido aumentar operativos, declarar estados de excepción y multiplicar capturas. Todo necesario. Pero resulta insuficiente si no se aborda la corrupción transversal dentro del Estado.

El narcotráfico moderno no necesita controlar todo el territorio. Le basta con dominar los puntos neurálgicos: puertos, aduanas, sistema penitenciario, fiscalías, contratación pública y Gobiernos autónomos descentralizados. Es allí donde se define el flujo del dinero. Es allí donde se decide si el Estado resiste o cede.

Por eso, la verdadera reforma pendiente no es únicamente penal; es institucional.

Las Policías modernas comprendieron hace décadas que la mayor amenaza no siempre viene de afuera. De ahí la existencia de unidades de asuntos internos con autonomía real, investigación patrimonial y control cruzado. Ecuador necesita esa lógica. Pero no una oficina decorativa. Tampoco una dependencia subordinada políticamente. Sino un Sistema Nacional de Integridad Institucional con tres pilares claros: autonomía funcional y presupuestaria; auditoría patrimonial periódica para funcionarios en áreas estratégicas; y capacidad de investigación transversal, con acceso a información financiera y coordinación obligatoria con las unidades de análisis correspondientes. No se trata de presuponer culpabilidad del funcionariado. Se trata de blindar instituciones antes de que sean capturadas.

No estamos ante una innovación audaz, sino ante una omisión histórica. Las democracias que han logrado contener la infiltración criminal lo han hecho creando sistemas de control interno autónomos y técnicamente robustos. Ecuador simplemente llegaría tarde a un estándar que otros entendieron hace décadas.

La cooperación internacional, además, no debe verse como dependencia, sino como blindaje. Si el crimen es transnacional, la defensa no puede ser exclusivamente doméstica. El intercambio de inteligencia financiera, la trazabilidad de activos en el exterior y la certificación de integridad en puertos y aduanas son herramientas indispensables.

Por supuesto, la reforma incomoda, porque implicaría someter a escrutinio permanente a funcionarios de seguridad, operadores judiciales y autoridades locales. Pero el costo de no hacerlo es mayor.

La experiencia de México enseña que, cuando la infiltración se consolida en los puntos neurálgicos, revertirla resulta extraordinariamente costoso en vidas, recursos y legitimidad institucional.

Ecuador aún está en una fase reversible. Pero el tiempo apremia. La lucha contra el narcotráfico no se gana solo con helicópteros y fusiles. Se gana fortaleciendo la integridad institucional y garantizando que nadie quede fuera del control. El narco no derrota al Estado con balas. Lo derrota cuando logra que nadie supervise al supervisor. (O)