En las sociedades civilizadas que aún sobreviven, el Estado de derecho es un estado de certezas, de reglas, derechos reconocidos y obligaciones impuestas, y los sistemas políticos son esquemas de poder que se guían por bastante objetividad y escaso sentimentalismo, y por alto sentido de responsabilidad.

En las sociedades en donde han triunfado la barbarie, el fundamentalismo y la corrupción, los Estados son estamentos de intereses, parapetos para esconder desafueros; y los derechos, son pautas para el abuso de algunos y engañosas promesas para los más.

En las sociedades de esta índole, las leyes, con escasas excepciones, son trampas especulativas, literatura barata, y el derecho no es institución destinada a alimentar y proteger las certezas, es hábil mecanismo para que especuladores y vivos de profesión que prosperen en nombre de la justicia.

La nuestra es una sociedad especulativa, no solo porque propicia los cálculos económicos ilegítimos y las ganancias fáciles, sino, además, porque tolera una suerte de “cultura de interpretaciones”, que hace posible que la ley diga lo contrario de lo que está escrito, que las decisiones, con frecuencia, hagan tabla rasa de las normas y que se impongan las más curiosas y descabelladas conclusiones en contra de toda evidencia y racionalidad.

Hemos hecho posible que la pirámide normativa que se enseña en la universidad esté patas arriba sin que nadie se sorprenda. Al contrario, semejante anomalía ha encontrado algunos opinadores que confirman que así debe ser, que dos más dos son siete, que el día es noche y que lo malo es lo bueno.

Hay quienes piensan, incluso, que es suficiente que una mayoría de votos lo decida para que lo tonto sea inteligente.

Entre certezas, entre crudas y crueles noticias y especulaciones de toda clase, entre medias verdades e interpretaciones, pasan los días, e inspirados teorías imaginativas y afirmaciones sin fundamento, trabajan sin cesar los intereses y las ambiciones.

De ese modo, lo que se llamaba la “opinión pública”, se ha convertido en la opinión de cada cual, y lo que antes imponía un mínimo de responsabilidad, hoy se dice y se desdice, se miente y se desmiente, se supone y se imagina.

Y no pasa nada, porque se ha entendido erróneamente la democracia y las libertades, en cuyo nombre se ha inaugurado lo que alguien, con mucha razón, llamó “Absurdistán”, la tierra en la que la verdad es mala palabra y la mentira, habilísimo recurso para triunfar. En la que el aplauso se lleva el vivo.

El problema es que, a la larga o a la corta, se impone la realidad y pide cuentas. El tema es que un país necesita mínima seriedad, porque, contra toda opinión adversa, la decencia es la mejor evidencia para presentarse en el mundo. Es que, pasada la tormenta de populismos y corruptelas, porque pasará, siempre es mejor la certeza, la verdad, el imperio de la ley, el respeto a los derechos y a las buenas reglas. (O)