Por Inés Zavala Alarcón
El COVID-19 es una infección más que la historia de la humanidad ha tenido que sufrir, que ha causado y sigue causando mucho dolor, muertes, destrucción familiar, discapacidad, consecuencias económicas y sociales sin precedentes en la historia actual. Pandemia que ha sido y sigue siendo devastadora, ocasionando a nivel mundial más de 109,7 millones de infectados y más de 2,4 millones de muertes. Impactando negativamente en las economías más avanzadas, con peores consecuencias especialmente en los países menos desarrollados, como el nuestro, con economías y sistemas de salud frágiles, donde ya se registran más de 268.000 contagiados y más de 10.670 muertes registradas a nivel nacional. (MSP, febrero del 2021).
Los virus y las bacterias que causan enfermedades siempre han existido a lo largo de la historia de la humanidad. Esto no es nuevo para el mundo, sin embargo, la manera de erradicarlos sí ha ido cambiando por la labor de los científicos que han puesto a disposición de la humanidad las vacunas, logrando un gran éxito de la ciencia y medicina moderna para la erradicación de las enfermedades. Así la vacuna contra el COVID-19 ha traído una luz de esperanza para lograr finalmente la erradicación de la enfermedad causada por el coronavirus.
Hasta la fecha están disponibles varias vacunas contra el COVID-19, ya aprobadas por instituciones científicas reguladoras, para garantizar seguridad y efectividad, que son: las vacunas de Pfizer/BioNTech, Moderna, Astra Zeneca (Univ. Oxford/Reino Unido), y Sputnix (Rusia). Ninguna es aprobada para niños.
Todas las vacunas contra el COVID-19 actúan en el sistema inmunitario para proteger al individuo y combatir el virus, produciendo inmunidad contra el coronavirus. Después de la vacunación, el organismo produce células T-linfocitos y B-linfocitos, que son células de memoria que le recordarán al organismo vacunado cómo combatir al virus.
El beneficio de las vacunas contra el COVID-19 es que las personas que se la aplican adquieren la protección contra el virus, sin correr el riesgo de sufrir las consecuencias graves de contraer el coronavirus. Ninguna de las vacunas contra el COVID-19 tienen el riesgo de que la persona vacunada contraiga la enfermedad, porque no contienen el virus vivo que causa el COVID-19, de manera que no hay forma de contraerlo con la vacuna. Tampoco afectan al ADN, ni actúan ni interactúan con el material genético o ADN de quien recibe la vacuna.
Todas las vacunas contra el COVID-19 darán protección contra el coronavirus, protegiéndonos no solo contra la enfermedad sino también evitando la transmisión a los demás.
Aunque vacunarse es una decisión individual y voluntaria, no somos seres aislados, sino que somos parte de una sociedad globalizada. De manera que vacunarse es una responsabilidad moral, un acto de compromiso social y de solidaridad para otros.
Es urgente que exista un programa nacional de vacunación masiva contra el COVID-19 en nuestro país, que logre vacunar entre el 75% y 85% de la población, para así lograr finalmente la erradicación de la enfermedad causada por el coronavirus. (O)