Sí, como usted lo lee, definitivamente ante la situación crítica de este país debemos armarnos y enfrentar la lucha que a gritos pide el futuro para que deje de ser menos gris, debemos por fin ser valientes y emprender una revolución verdadera, para que nos dejen de mentir, para que los políticos dejen de escupirnos en la cara, para dejar algo mejor a este mundo, para eso debemos tomar las armas.
Pero, querido lector, no se sulfure todavía, no cotice una Glock 9 milímetros u otra arma de nombre conocido, que seguramente le causará una herida a usted o a su familia, la carrera armamentista que clamo no es la que el burdo populismo de los politiqueros de turno proponen, no estoy pidiendo que revivamos ideales utópicos mientras escuchamos a todo volumen al maestro Víctor Heredia y tarareamos Sobreviviendo.
Pido armarnos de verdad, contra la desidia, contra la ignorancia, contra el conformismo, contra la pereza a la que nos han sometido las mal llamadas revoluciones que dan bonos hasta por estornudar, armémonos contra la falta de empatía y la viveza criolla, hagamos una revolución lectora, revolucionemos nuestra forma de pensar, revolucionemos nuestra forma de entender la política.
Armémonos con pensamiento crítico, contra el político tiktokero, ese que quiere ganar votos actuando como payaso de circo, para a la final ser el pueblo el que queda en ridículo, ensangrentado y vejado.
Armémonos con libros, para tener una opinión tan fuerte y valedera, y enfrentémonos valientemente contra el politiquero vacío de pensamiento, al que no le alcanza ni el sueldo, ni sus alaridos ensordecedores, ni sus denuncias bulliciosas pero sin sustento, ni tampoco le alcanza el sentido común, para cambiar aunque sea una frase de un anteproyecto de ley o quiere sentarse a dialogar con los líderes criminales para que dejen gobernar.
Armémonos con conocimiento, contra el politiquero que dice que si matamos delincuentes o recurrimos al populismo penal, mañana Ecuador será tan bonito y pacífico que la sociedad perfecta tendría envidia de nosotros, aunque, claro, debemos seguir dando dádivas al pueblo, porque un pan gratis es un voto más, y el plan siniestro es dejar que la comodidad y la ignorancia de un Estado paternalista sigan llevando ese pan, mientras el político promedio se sirve un banquete.
Armémonos y hagamos una revolución contra nosotros mismos y nuestra terrorífica ecpatía (antónimo de la empatía), que tanto daño nos ha hecho, mientras irrisoriamente nos preguntamos ¿hasta cuándo alguien hace algo?, mientras bostezamos aplastando los botones del control remoto en busca de una nueva serie de narcos y nuestros hijos esperan inconscientes la llegada de una oscura noche, que les vamos a dejar de herencia sin derecho a reclamar nada a nadie, porque no tendremos ni las respuestas ni la cara para decirles que fuimos nosotros con nuestras tontas decisiones los que causamos este calvario. (O)