Asomado al pesebre, mis líneas resultan diferentes. Intento no convertirlas en plegaria, busco cómo alimentar el espíritu para ganar las guerras que libramos.

A la espera de victorias que nos devuelvan la esperanza, la Navidad nos encuentra temerosos, carentes de fe en el futuro y de metas desafiantes. Sin puntos de vuelco que anuncien un cambio favorable, no podemos claudicar en la búsqueda del bien. Debemos seguir respetando preceptos que son parte de nuestra naturaleza: “haz el bien y evita el mal”, “no hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti”, etc.

De esto ningún político se ocupa. Para sostener a la gente en los valores indispensables se carece de planes y presupuestos. Pero sí existe un plan que nos llevará a resistir, a caminar con recta intención hacia un norte claro y a conservar la convicción de que se puede ser feliz siendo una persona de bien. Está escrito hace dos mil años, lo enunció quien nació un día como hoy y contiene lo que necesitamos encarnar. Parafraseémosla juntos y al meditar cada palabra, descubramos un plan llamado a transformarnos:

“Padre nuestro”: la salvación exige, de inicio a fin de la oración, ser y estar en comunidad.  Dirigirnos a Él en condición de hijos, pero hermanados, algo que debemos conservar como parte de la naturaleza humana.

“Que estás en los cielos”:  señala la visión del plan, ubica el faro hacia donde caminar, dejar de ser barro para ir en búsqueda diaria de la gracia, ansiar la realización espiritual sobre nuestros esfuerzos por el bienestar material.

Las siguientes tres frases proponen el inventario de capacidades suficientes para ejecutar el plan de salvación. Nos enseña que para los más trascendentales propósitos de la vida, las capacidades requeridas son las virtudes más nobles:

“Santificado sea tu nombre”: pide y proclama fe, invocando el regalo que diviniza la naturaleza humana.

“Venga a nosotros tu reino”: reconoce la fuente de nuestra esperanza, que sintamos su reino presente, cercano y accesible es el combustible que enciende la llama que nos hace caminar.

“Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”: nos llama a la acción, pero enfocados en el ejercicio pleno de la caridad, cumpliendo y acogiendo sus designios, en entrega diaria y generosa.

Finalmente, propone los grandes objetivos estratégicos en las tres vías de realización humana (física, racional y espiritual):

“Danos hoy nuestro pan de cada día”: nos insta a buscar la realización material como alimento (físico y espiritual) para todos, sin egoísmos, con fe en el futuro, con humildad y sin avaricia.

“Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”: la actitud ante el prójimo es la clave para llegar a Dios, es un contrato que nos compromete a amar al distinto, a reconciliarnos como camino para ser libres y vivir en paz con Él.

“No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”: la realización espiritual es solo posible si vamos en búsqueda de gracia, asidos de su misericordia.

Que hoy decidamos ser mejores seres humanos y que esta, la única oración que nos dejó el recién nacido, sea el medio para lograrlo. ¡Feliz Navidad! (O)