Hecha la pregunta, una voz me responde con inequívoco acento, “¿habraff quiteños?”. Los hay, montones, pero, en esta capital que supera los dos millones de habitantes, bastante más de un tercio provienen de otras partes. Hay gente de todo el mundo, sin que pueda considerarse una ciudad de migrantes extranjeros, como otras urbes sudamericanas. Aparte de sus números relativamente pequeños, las colonias fueron absorbidas por la hospitalidad quiteña. Por eso no hubo barrios árabes, italianos o judíos, porque aquí los inmigrantes no se vieron en necesidad de aislarse para defenderse, en esta comunidad los ataques xenófobos han sido una rareza. Los recién llegados se hicieron notar en la cultura y la economía. Dominaron actividades como la gastronomía, el buen pan que se come en Quito lo introdujeron innovadores europeos, sobre todo alemanes y franceses. Los árabes eran fuertes en el comercio y los centroeuropeos en la industria. Las más recientes y masivas entradas de colombianos y venezolanos asustaron al inicio, pero las aprensiones se olvidan, para dar paso a la progresiva asimilación.

El más fuerte aporte demográfico provino de las migraciones internas. Estas corrientes se aceleraron por circunstancias puntuales, terremotos, inundaciones y sequías, que los impulsaron a salir de su tierra. En otros casos los motivos fueron menos trágicos, aunque siempre ocultaban aspectos negativos. Fue imparable la deserción de los trabajadores agrícolas, que trabajaban en el campo, hacia las grandes ciudades, que ofrecen más oportunidades laborales. Hay más fuentes de empleo, mayor acceso a la educación y a la salud. Esto es consecuencia del desarrollo de la tecnología, las frecuentes consignas políticas que hablan de “volver al campo” oscilan entre la quimera y la estafa. El agro necesita más tractores y técnicas, que brazos no calificados. Desgraciadamente, una porción demasiado significativa de estos compatriotas terminó en el sector informal, el comercio callejero o la ocupación eventual.

Hemos explicado el crecimiento de Quito identificando causas comunes a todas las grandes urbes. Ahora señalemos situaciones exclusivas de la “luz de América”, que la diferencian de otros conglomerados. La primera es la condición de capital del Estado centralista y burocrático. Unitario, aunque nació con una vocación federalista, como lo demostraba la bandera ecuatoriana original, con sus tres estrellas blancas sobre una franja celeste. Cualquier intento de implantar una sistema confederal o por lo menos autonómico fue ahogado en sangre en el siglo XIX. Pero una tendencia nociva ha sido determinante a partir de los años veinte de la centuria pasada, las veleidades socialistas, que convirtieron al Ecuador en un engendro estatista macrocéfalo. La casta político-burocrática se ha convertido en la más poderosa clase dominante, se expande permanentemente, es la mayor generadora de empleo y monopolizadora de recursos. Todo hace prever que el Quito de dos millones de habitantes, del que no podemos estar orgullosos, porque en él no nos reconocemos, seguirá extendiéndose sin que se vea una manera de detener este crecimiento inorgánico y contraproducente. (O)