Qué alegría debe producir empezar el año con cifras descendentes en hechos delictivos, sería igual que constatar que las promesas cumplidas por el Gobierno de turno se cristalizan, que las acciones emprendidas marcan la diferencia y que ello se refleja en una mejor calidad de vida, la que demandamos a diario, precisamente porque no la tenemos.

Y qué bonito sería saber que cada reducción numérica es una víctima menos, un negocio que puede seguir prosperando libre del fantasma de la extorsión, un transportista que circule sin miedo a ser asaltado en medio de la carretera o que un usuario de taxi viaje sin la amenaza del secuestro. Ahora solo vale imaginar que otra realidad es posible y esperar que, tarde o temprano, nuestro entorno urbano será seguro. Pero parecería un ideal inalcanzable.

Tal vez se piensa en nuestras ciudades con infinita nostalgia. Conocer, a través de otros, que hubo una zona donde era posible caminar sin miedo a que la moto del momento o el malhechor ocasional arrebate la tranquilidad del transeúnte. Incluso, se podría envidiar cómo, en los relatos que nos comparten, la urbe tenía otro rostro: el de la libertad y el sosiego. Un familiar defiende la experiencia de esperar el bus escolar con máquina de escribir en la mano, sin vivir zozobras y con la tranquilidad de que su rutina diaria era inalterable.

¿Qué pasa al caminar por un barrio desolado? No dejo de mencionar las veces que, a plena luz del día, un espacio se convierte en el tramo de las angustias, amenazas y miedos que nos invaden al sabernos blanco de cualquier peligro. ¿En qué momento se volvió una proeza regresar a tu casa sin que nadie aceche contra tu integridad o que un paseo familiar culmina con el hecho de sumarte a la condición de víctima colateral? Pienso en las recientes víctimas, cómo una salida de fin de año para comprar un monigote se convirtió en el desenlace fatal del profesor politécnico Víctor Estrada. Pero las autoridades dicen que el panorama del país luce mejor, que los datos son alentadores en el campo económico y celebran los resultados que dejó el reciente feriado.

El barrio donde circulo lleva semanas en las que los patrullajes no se ven y los policías que solían hacer rondas a ciertas horas estratégicas ya no las hacen, y sé que este panorama se repite en cantidad de lugares de la ciudad. Solo basta fijarse en las numerosas denuncias que se recogen a diario en redes sociales, en los medios de comunicación y sobre todo en lo que describen las voces de los ciudadanos, que coincidimos en afirmar que Guayaquil se ha hecho invivible.

Muestra de este problema es que, en este mismo diario, en la sección de Cartas al director, la ciudadanía expresa, casi con desesperación, lo que se ha convertido en un pensamiento generalizado: “¿Hasta cuándo continuará la inseguridad en Guayaquil? ¿Hasta cuándo los ciudadanos debemos soportar con impotencia lo que pasa con nuestras familias y nuestros negocios que son asaltados sin poder hacer nada?”.

Difícil imaginar tanto abandono, ya sea por torpeza o desidia de los responsables, porque apelando al cuidado y la vigilancia cabe preguntarse, ¿acaso alguien nos ve? (O)