Hoy es un día de enormes reflexiones, no solo para nuestros parientes y amigos que nos precedieron en el gran sueño, sino para el análisis de qué deberíamos hacer al saber que algún día tenemos que morir.

Leía algunos pensamientos como este: “No toméis la vida demasiado en serio. De todas maneras, no saldrás vivo de ella”. Me parece un poco pueril. La muerte, para algunos, es un acto cruel de la naturaleza, para otros es un signo de libertad y paz. “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muera porque no muero”. Para los animales y las plantas, la muerte es un proceso tan normal como la vida misma. Posiblemente, porque no tienen acceso ni a la imaginación ni al pecado.

Y es que el hombre, siendo tan pequeño en el fondo de la grandeza del universo infinito, pugna por descubrir su inmensidad. Tan solo hablar del Sol, del cual vivimos y cuya presencia nos apasiona y alumbra, nos impresiona. O descubrir que la Vía Láctea de la que el Sol forma parte tiene un diámetro de 100.000 años luz, nos asombra, o que la galaxia más lejana hasta donde el humano ha observado está a millones de años luz.

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Hace pocos meses leía en un mosaico romano, que figuraba en el frontis del templo de Delfos, una inscripción: “Conócete a ti mismo”, que Sócrates convirtió en el tema de sus Diálogos. Luego, él sería exaltado como uno de los hombres más sabios al expresar: “Solo sé que nada sé”.

Y en esa reflexión estamos hoy, sabiendo que un día nos uniremos a esa enorme caravana de nuestros seres queridos, con la misma humildad y alegría con que venimos al mundo. Sabiendo que, quien nos envió hasta acá tiene el deber de recibirnos.

No sé quién inventó la palabra muerte. En todo caso, es volver a la esencia misma de la vida. En este constante proceso nacer-morir-renacer. Lo importante es creer y estar “de a buenas” con Dios. (O)

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Hugo Alexander Cajas Salvatierra, médico y comunicador social, Milagro