Decir aló al responder una llamada telefónica es un acto tan automático, que pocas veces nos detenemos a pensar en su origen.
El origen de aló se remonta al nacimiento mismo del teléfono, a finales del siglo XIX. Cuando Alexander Graham Bell y otros pioneros experimentaban con este nuevo invento, surgió una pregunta práctica: ¿cómo debía una persona anunciar su presencia al otro lado de la línea? Bell prefería el saludo ahoy, una expresión de origen náutico utilizada para llamar la atención a distancia. No obstante, fue Thomas Edison quien propuso el uso de hello, una palabra ya existente en el inglés, empleada para llamar a alguien. Con el tiempo, hello se impuso en el mundo anglosajón y, al expandirse el teléfono por Europa y América Latina, el término fue adaptándose a cada lengua. En español, la pronunciación se transformó naturalmente en aló, una forma breve, sonora y fácil de reconocer, incluso cuando la calidad de la comunicación era deficiente, como ocurría en las primeras líneas telefónicas. Desde una perspectiva lingüística, aló cumple una función esencial: confirmar el contacto. No es un saludo social en sentido estricto, sino una señal de apertura comunicativa. Su brevedad permite verificar rápidamente si la conexión existe y si el interlocutor puede escuchar. Por ello, se mantuvo vigente incluso cuando la tecnología mejoró notablemente.
Culturalmente, aló también refleja una herencia compartida. En países como Ecuador, Chile, Perú y Colombia, su uso está profundamente arraigado, mientras que en otros contextos se prefieren expresiones como bueno o diga. Cada variante cumple el mismo propósito: iniciar el diálogo.
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Así que decir aló es un vestigio histórico de los primeros pasos de la comunicación a distancia. (O)
Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado criminalista, El Coca

















