La presente estación de lluvias que se inició a mediados del mes de enero pasado, pese a ser de características normales, ha sido suficiente para, una vez más, darnos cuenta de que en nuestro país no estamos ni medianamente preparados para afrontarlas y, por lo tanto, ocasionan una serie de problemas que a diario reseñan los medios de comunicación y en el fondo revelan no solamente la poca o nula capacidad de los Gobiernos central, regional y local para generar una respuesta rápida frente a las emergencias, sino que también se sienten incapaces de generar planes de prevención que minimicen los riesgos durante el periodo de lluvias. En estas circunstancias, los responsables solo atinan a decir que los eventos de lluvia fueron extremadamente grandes y, en resumen, le echan la culpa al agua, que –como es de suponer– no puede defenderse.
La clave para minimizar los desastres en general está en contar con un plan de prevención a nivel nacional que minimice los riesgos y disminuya la vulnerabilidad; mientras esto no ocurra, seguiremos lamentando sus consecuencias que derivan en pérdidas de vidas humanas, inundaciones, tramos de vías colapsados, puentes destruidos, aluviones, etc., y una sociedad que resiste y observa impávida la inacción de las autoridades. Sin duda, las tareas de prevención son la parte fundamental de un plan como el mencionado, en cuyo ámbito se requieren grandes inversiones con sustento técnico, económico y ambiental, que enrumben al país por la senda del desarrollo sostenible y sustentable.
Es necesario que los administradores de turno dejen de tener un comportamiento culposo frente a los problemas que causan las lluvias y actúen con responsabilidad, y asuman de una vez por todas el estudio de las soluciones y estructuren un plan a largo plazo que implique optimizar recursos humanos y económicos que sea respetado a lo largo del tiempo; sin embargo, esto parece muy difícil de cumplir ya que, salvo comportamientos excepcionales que confirman la regla, a muchos administradores solo les interesan las obras que tengan un impacto mediático para una eventual reelección, entre otros aspectos.
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Barrios de Milagro siguen bajo el agua por fuertes lluvias
De no tomar acciones inmediatas, significa que para los administradores ya no es novedad que estructuras del sistema vial colapsen por insuficiencia de su capacidad de drenaje, que ciudades como Guayaquil y su área metropolitana y otras ciudades de la Costa del país se inunden por el colapso del sistema de evacuación de aguas lluvias y ciudades de la Sierra que sufren de continuos aluviones durante la época de lluvias, entre otras situaciones graves, que afectan en su mayoría a los sectores más deprimidos de la población.
Más allá de las necesarias medidas estructurales para minimizar los efectos de los eventos de lluvia, es necesario que los administradores de turno ejerzan una importante actividad de prevención y activen de manera oportuna los protocolos de emergencia. (O)
Jacinto Rivero Solórzano, ingeniero civil, Guayaquil

















