Reducir tiempos de espera es una necesidad real. Pero convertir la crisis de capacidad del sistema en una simple “parametrización” de agenda no resuelve el problema de fondo. El IESS ha anunciado módulos de 10 minutos para atenciones ágiles y citas subsecuentes, mientras promete más turnos y menos días de espera. En papel, suena eficiente. En la práctica, ya existen críticas de gremios médicos y denuncias de usuarios sobre aplicaciones que excederían ese alcance.
El debate de fondo no es solo el reloj, es la capacidad instalada, la falta de personal y la brecha de talento humano que el propio sistema reconoce cuando habla de redistribución de personal y diagnóstico de brechas. No puede exigirse más productividad clínica indefinidamente sin resolver las condiciones laborales y organizacionales que sostienen la atención.
Ecuador ya tiene norma escrita para mejorar la carrera sanitaria, incentivos y escalafón, pero su implementación se ve dilatada por falta de reglamentos, procedimientos y dictámenes presupuestarios. Ese cuello de botella no puede convertirse en excusa permanente para postergar derechos y reformas.
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La salud pública no se defiende con discursos ni con métricas aisladas; se defiende con personal suficiente, pagos oportunos, reglas claras y decisiones de Estado. Si no se corrige el rumbo, crecerá la dependencia de prestadores externos y la ciudadanía percibirá –con razón– que se empuja una salida por delegación más que una reforma real. (O)
Galo Guillermo Farfán Cano, médico y máster en VIH, Guayaquil

















