Preocupa, decepciona y nos indispone el panorama actual de nuestra sociedad, que se ve saturado de violencia, irrespeto e inseguridad. No quiero caer en el eufemismo de afirmar que, tal como ocurre aquí, así mismo acontece en el resto del mundo. Tampoco quiero que se entienda que deberíamos aislarnos del mundo, porque este se ha vuelto tan pequeño con el desarrollo tecnológico actual que lo que sucede aquí puede ser reflejo de lo que sucede allá y viceversa.
Pero sí debemos pensar en mejorar nuestro entorno, porque es donde vivimos y desarrollamos nuestras actividades cotidianas, y es el escenario que estamos dejando para nuestros hijos y nietos.
Constructivismo y pensamiento crítico
Nos cabe la triste tarea de quejarnos a diario por las contravenciones, los exabruptos, el irrespeto, la violencia, la falta de solidaridad que caracteriza a las comunidades de hoy en día, lo cual es diametralmente opuesto a lo que fue la práctica y el uso social de hace 50 o 60 años.
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Comenzando con que la gente ya no saluda. Y si alguien saluda es visto como un bicho raro. ¿Cómo hacer para que vuelvan esas sanas costumbres de respeto, solidaridad, consideración a los mayores, tal como era antes, en esas comunidades que vivían en un marco de mayor paz y armonía? Con facilidad y resignación, la mayoría se anima a sentenciar que esos tiempos no volverán.
Es entonces que me acordé del imperativo categórico de Immanuel Kant, como la idea más importante de su ética filosófica. Kant sostenía que debemos hacer o dejar de hacer las cosas que ayuden a configurar el ambiente que queremos convertir en realidad. Dice que debemos actuar de acuerdo con las reglas que queramos que se universalicen, aplicadas sin condición de tiempo o espacio.
Eso nos hace entender que, si queremos que los niños y jóvenes saluden, primero debemos saludarlos a ellos, abandonando la vanagloria de que “Yo soy mayor”. Si queremos un vecindario unido y solidario, debemos buscar esa unidad y solidaridad actuando primero, sin que importe la mala reacción de los demás.
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Si queremos que respeten nuestro espacio de estacionamiento del auto, debemos primero respetar el espacio ajeno. Si queremos vivir en un ambiente de paz y tranquilidad, no debemos interrumpir con bullas o algazaras la tranquilidad de los vecinos.
Debemos incluir en esta consideración de cambios la transformación a la que aspiramos en la actividad política. Si queremos mejores políticos, debemos ser mejores ciudadanos. Las familias, los colegios y las universidades deben mejorar la formación de nuevas generaciones para una actividad política bien concebida en servicio al pueblo.
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Tan fácil como eso debe ser nuestra conducta y seguramente alcanzaremos buenos resultados. No inmediatos, pero sí firmes y duraderos. (O)
Enrique Álvarez Jara, periodista jubilado, Guayaquil