Esta carta es en referencia al artículo ‘La dolarización nunca fue panacea’ de autoría de Gabriela Calderón de Burgos. Coincido totalmente con la articulista. La dolarización por sí sola no sirve para resolver los problemas del país. Solo fue –como lo recuerda– un “shock de confianza”, que era imprescindible para emprender un conjunto de reformas estructurales que modernicen al Ecuador. Pero contrario a la leyenda que se vendió, la dolarización no fue un salto al vacío como lo pronosticaron influyentes medios como el New York Times y el Wall Street Journal de EE. UU., The Economist de Londres, Le Monde de París, medios que en sorprendente coincidencia sostuvieron que al dolarizar Ecuador daba un salto al vacío, sin reparar en la catastrófica crisis económica que vivíamos. A manera de ejemplo, en los primeros días del año 2000 el poder adquisitivo del sucre se evaporó, las tasas de interés llegaron al 150 %, anual, el dólar llegó a 28.000 sucres por unidad, es decir, el desbarajuste era total.

Ante esa realidad, el Congreso de la época, del que fui parte y por eso refresco la memoria del lector, tuvo el cuidado de debatir a fondo y aprobar una histórica ley que formalizó la dolarización simultáneamente con reformas estructurales llamadas a consolidar el despegue económico del Ecuador. Así, se aprobó la Ley para la Transformación Económica del Ecuador que no solo institucionalizaba al dólar como moneda de cambio, sino que contemplaba un programa coherente de reformas estructurales a 17 leyes, armonizando sus contenidos con la nueva realidad monetaria. En teoría, era el nacimiento de un nuevo Ecuador, pues se reordenaban normas de variada índole e incluso el Código de Comercio, vigente desde el año 1960. Durante los últimos 26 años, estas reformas han sido ignoradas en su mayoría aunque por épocas, los sucesivos gobiernos, buscaron ponerlas a tono con la realidad de un mercado que sustenta al dólar como moneda de cambio, sin éxito. Lo único que funcionó y funciona han sido las telecomunicaciones de cuya modernización nos beneficiamos todos.

Los conformistas siempre creyeron que era suficiente dolarizar para obligar al Estado a implantar austeridad en el gasto, austeridad que no se la ve, pues el gasto público desmesurado llega a la fecha al 40 % del producto interno bruto; casi el doble del 22 % que significó en el año 2000. Esa es una de las herencias nefastas de la mal llamada “revolución ciudadana”. (O)

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Xavier Neira Menéndez, economista, Guayaquil