A medida que pasa el tiempo, transitar por la vía a Daule se ha convertido, desde hace años, en una experiencia muy peligrosa. Lo más sorprendente es que se trata de una carretera concesionada, en la que se cobra peaje desde hace más de un cuarto de siglo, sin que eso se refleje en mejoras reales para la seguridad de los usuarios.

En el tramo aproximado de 90 kilómetros entre Palestina, Balzar y El Empalme, con dos peajes solo en este tramo, la vía sigue prácticamente igual que cuando fue construida a finales de los años 60: apenas dos carriles, uno por sentido, insuficientes para el volumen de tráfico actual. Este tramo, desde hace tiempo, muchos lo conocen como la “carretera de la muerte”, por la frecuencia de accidentes mortales.

La situación se vuelve aún más riesgosa al acercarse a Guayaquil. Desde el redondel donde confluyen la vía a Daule y la carretera que viene de Manabí, y especialmente desde el peaje de Chivería hasta la entrada a la ciudad, conducir –sobre todo de noche– es casi un “sálvese quien pueda”. En muchos tramos la señalización horizontal está borrada o inexistente, tramos sin carriles demarcados, la señalización vertical es escasa y la iluminación es claramente insuficiente, lo que nos recuerda que utilizamos una vía del tercer mundo.

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Resulta incomprensible que una de las principales vías de acceso a Guayaquil, por la que además se paga peaje, que es una carta de presentación de Guayaquil, no cuente con condiciones mínimas de seguridad vial, donde circular por ella atenta contra la vida propia. La señalización clara y la iluminación adecuada no son un lujo, sino medidas básicas para proteger la vida de miles de conductores que circulan por allí cada día.

¿Las autoridades responsables van a esperar nuevas tragedias para recién corregir una situación que es evidente para cualquiera que utilice esta vía? Deberían actuar antes de que nuevas tragedias obliguen a hacerlo. (O)

Pedro Javier Triviño Rodríguez, biólogo, Barcelona, España