Las recientes cartas de Elio Ortega Icaza y Regina Zambrano Reina evidencian con claridad la crisis estructural de nuestro sistema sanitario: falta de medicamentos, corrupción, deficiencias logísticas y burocracia que obstaculiza la atención. Coincido con sus diagnósticos, pero desde la práctica clínica y gestión del talento humano la realidad es aún más compleja y requiere atención integral.
El sistema de salud, sin importar la entidad que preste la atención, arrastra fallas históricas que durante más de cuatro décadas han sido parchadas mediante cumplimiento de metas estadísticas y reportes administrativos, sin reformas estructurales que corrijan la brecha real de personal o aseguren eficiencia operativa. La saturación hospitalaria y la precariedad de insumos no son solo problemas de logística; son consecuencia de un modelo que desplaza plazas asistenciales a funciones administrativas y de gestión, dejando vacantes “en papel” que nunca se traducen en atención directa.
El incremento sostenido de la demanda no ha sido acompañado de un aumento proporcional del personal. Muchas plazas que figuran como operativas cumplen funciones jerárquicas, auditorías o dirección sin separación formal, provocando saturación de consulta, derivaciones innecesarias a emergencia, uso ineficiente de recursos y desgaste progresivo del personal. La fatiga, el riesgo de error clínico y el impacto psicosocial sobre trabajadores y pacientes aumentan, demostrando que no se puede “agilizar” la salud recortando tiempos clínicos ni parametrizando agendas, como se ha intentado con módulos de 10 minutos por paciente.
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Adicionalmente, la externalización de servicios y la adquisición de medicamentos a través de intermediarios generan costos innecesarios y retrasos que podrían evitarse. El Estado lograría mayor eficiencia contratando personal directamente y adquiriendo insumos centralizadamente, combinando gestión profesional con sistemas tecnológicos de entrega que aseguren disponibilidad y transparencia.
Mientras no se cumpla estrictamente la carrera sanitaria, no se separen formalmente funciones asistenciales y administrativas y no se convoquen concursos transparentes para cargos jerárquicos y de auditoría, el sistema continuará mostrando cifras de gestión que no se traducen en atención real. La precarización prolongada del personal de salud no es un fenómeno aislado, sino consecuencia de decisiones estructurales que afectan directamente tanto a quienes trabajan como a quienes buscan atención. Sin reformas profundas, cualquier cambio seguirá siendo un parche sobre un problema histórico, comprometiendo la seguridad del paciente y el bienestar del personal. (O)
Galo Guillermo Farfán Cano, médico y máster en VIH, Guayaquil

















