No tuve la suerte de tratarlo como amigo ni como asiduo confesor. Pero sí lo conocí; varias veces asistí a misas y celebraciones que él presidía cuando laboraba en la iglesia de Santa Teresita de Entrerríos y algunas veces también en el confesionario.
Me impresionó siempre la concentración e inspiración que él invocaba y demostraba con sus gestos, antes de empezar sus intervenciones. Aquello le agregaba más autoridad a sus palabras y a su mímica. Difícil no entenderlo: claro, preciso y concreto. Hubo veces que fue tan firme que parecía duro en sus expresiones, pero no lo era. Siempre fue totalmente fiel al Evangelio, sin vueltas. Eso, en no pocas ocasiones, le generó alguna crítica, pero salía fortalecido en su fe, de lo que con sus actitudes también dio muestras.
Cuando lo trasladaron a su nueva parroquia, dio también testimonio de su compromiso con la Iglesia de Cristo y no desaceleró su permanente apostolado por los más necesitados de Dios y de todo lo demás. En esa ocasión debió dejar la comodidad de lo ya alcanzado y se entregó a sus nuevas tareas en búsqueda de la esperanza de los demás y, con esa fuerza que solo viene con la santidad, fortaleció e hizo crecer la fe de muchos en esa nueva parroquia.
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El padre Alfonso falleció relativamente joven, aún fuerte para seguir en la obra de Dios en la tierra, acercando a los hombres a Él; y vaya que lo hizo ejemplarmente. Pero Dios en su infinita sabiduría y bondad ya lo quiso más cerca de su eternidad y lo llamó a su lado, pero ha querido hacerlo en una forma especial, dejándonos con la manera escogida para su deceso, otra vez una nueva lección del Evangelio –vivido con el ejemplo–, amando hasta el punto de dar la vida por los demás.
La forma del reencuentro del padre Alfonso con Cristo ha sido la misma del reencuentro de Cristo con su padre, dando la vida por sus amigos. Así, parece que Dios nos lo ha querido dejar en nuestros recuerdos, como un ejemplo de santidad en la tierra que hoy continúa con sus tareas desde el seno del padre eterno.
Pidámosle –con nuestras oraciones y obras de fe– a Dios Padre que así sea y que permita que la santidad de este hombre santo, padre Alfonso, se perpetúe en la tierra. Dios lo tenga en su gloria. (O)
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Gustavo Ortega Trujillo, doctor en Jurisprudencia, Samborondón















