El debate presidencial por la segunda vuelta electoral de 2025 en Ecuador dejó una sensación amarga, especialmente en sus dos bloques finales: empleo y gobernabilidad. No estamos hablando de temas secundarios, ya que son pilares fundamentales para el futuro inmediato del país, sin embargo, fueron completamente ignorados. Ninguno de los candidatos se detuvo a tratarlos con seriedad. En su lugar, asistimos a un intercambio cargado de acusaciones, sin rumbo claro y carente de contenido. No es que los argumentos fueran difíciles de entender, eran difíciles de seguir porque simplemente no había sustancia.

¿Quién ganó el debate presidencial?

Y eso representa un costo de oportunidad significativo. Un debate presidencial debería ser el escenario donde se enfrentan ideas, donde los ciudadanos pueden ver, comparar y decidir. Cuando ese espacio se reduce a ataques vacíos, lo que se pierde no es solo tiempo, sino la oportunidad de tomar decisiones informadas, de contrastar liderazgos y de imaginar futuros posibles.

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La primera mitad del debate, si bien no fue impecable, ofreció algo más de contenido. Se vieron destellos de propuestas, visiones sobre el rol del Ejecutivo y ciertas intenciones de política pública. En ese tramo, González logró destacarse. Señaló con énfasis los fracasos y escándalos de la actual administración, y aportó algunas ideas técnicas sobre problemáticas urgentes como la seguridad social, la violencia, la seguridad ciudadana y la educación. Sin ofrecer soluciones completas, su discurso mostró más estructura y dirección.

La dolarización y los objetivos nacionales

En contraste, el presidente en funciones, Daniel Noboa, arrancó con el pie izquierdo. No supo responder con claridad a cuestiones clave: el acceso negado a la educación superior para miles de jóvenes, los niveles sin precedentes de violencia bajo su mandato, y la constante erosión de la institucionalidad del país. Sus respuestas sonaron más como evasivas que como explicaciones, y no logró cambiar esa tónica en el resto del encuentro.

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Este debate no tuvo ganadores. Ambos candidatos dejaron pasar la oportunidad de confrontar ideas a partir de propuestas. Lo que debía ser un espacio para el contraste y el debate serio, se convirtió en un duelo de insinuaciones y reproches. Y lo peor es que ese ruido terminó silenciando lo esencial.

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Aun así, en términos de estrategia comunicacional y posicionamiento político, Luisa González llevó ventaja. Supo señalar con fuerza las inconsistencias del actual gobierno, y con eso logró proyectarse como una opción viable. En un contexto de desconfianza y hartazgo ciudadano, esa narrativa puede tener eco.

Ecuador no está para más debates vacíos. El país enfrenta desafíos profundos y urgentes que exigen claridad, ideas y liderazgo. Los próximos debates deben estar a la altura, porque este país no merece menos. (O)

Josué Henry Cedeño Perlaza, politólogo, Países Bajos