En un país, supuestamente civilizado como el nuestro, estamos conscientes y seguros de que un debate presidencial tiene como principales objetivos conocer propuestas, despejar dudas, establecer metas, llegar a consensos, etc. Este tipo de debates deben tener como principal objetivo beneficiar al país, en especial uno tan definitorio como el que ocurrió el pasado 23 de marzo, en el que se enfrentaron dos candidatos a la primera magistratura del país.
Lo que le faltó al cuestionario del debate
Lástima que en este último no pudimos percibir, a ciencia cierta, estos apremiantes temas que, como ecuatorianos, nos atañen directamente. El fallido debate estuvo marcado por los cuestionamientos, acusaciones, difamaciones, mentiras, controversias, descalificaciones, agresividad, calumnias, hasta groserías e insultos. En resumen, fue todo, menos un debate con dignidad, altura y respeto, como la audiencia ecuatoriana se merece.
Luego del debate presidencial, ¿qué?
Todo lo ocurrido fue realmente insólito y descabellado, un verdadero acto circense con dos actores dispuestos, por un lado a descalificar y defenestrar a su contrincante y, por el otro, a defenderse de las acusaciones; con cero propuestas o planes de gobierno, pero colmado de injurias, irrespeto, groserías y otros ingredientes desagradables.
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Esta falta de seriedad, ética y profesionalismo lo que consiguió fue que la audiencia, ansiosa y esperanzada por conocer propuestas para definir su voto, quedara atónita, menos informada, desconcertada y más indecisa que nunca.
El costo de oportunidad de los debates presidenciales
Durante el debate todo se manejó entre ataques por un lado y defensa por el otro, tal como si hubiesen estado en un ring de boxeo.
En fin, el pueblo sabrá a quién y por qué elige a su candidato en las elecciones del próximo domingo 13 de abril. Por ahora tendremos que esperar y ver qué sucede durante las campañas electorales que empezaron justo después del debate. (O)
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Fabiola Carrera Alemán, Quito